Hampi: al otro lado del río (the other side of the river)

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Panorámica del paisaje (incha sobre la foto para verla en tamaño completo)

Este es el segundo post que escribo sobre Hampi. En el anterior contaba las impresiones vividas en la zona llamada Hampi bazaar, que es el centro vital y más turístico. Ahora quiero escribir sobre todo lo que ocurre al otro lado del río porque es allí donde la ciudad sagrada despliega su cara más tranquila y sosegada, y donde uno tiene la sensación de estar en una burbuja, ajeno a todo lo demás.

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El río en cuestión que divide Hampi es el Tungabhadra, tan majestuoso y lleno de vida como el resto del paisaje que lo contiene. Hasta este río sagrado bajan familias enteras para realizar pujas y así presentar respeto y ofrecimiento a los dioses. Cruzar de una orilla a la otra es toda una aventura que puede llevar desde 3 a 40 minutos. Hay barcas pequeñas a motor que cruzan los apenas 150 metros de ancho y para las que es necesario esperar hasta que se llenen por completo para así aprovechar el viaje (no apto para impacientes).

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También hay unas pequeñas barcas que a mi me recordaban a la cáscara de algún fruto, hechas con ramas de palmera y cubiertas de una especie de brea por abajo para impermeabilizarlas. Cuando la última barca cruza el río a las 6 de la tarde, es posible ir en una de estas embarcaciones por un puñado de rupias.

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Los que las manejan, utilizan la técnica del ‘punting’, que consiste en mover la ‘cáscara’ tocando el fondo del río con un palo y así tomar impulso.

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Ya una vez en tierra, el otro lado de Hampi me sorprendió por su tranquilidad y su silencio. Las piedras, las monumentales pierdas, salpican el paisaje de forma tan bella que parece que un diseñador de espacios naturales haya pasado por allí. Es como estar en el decorado de una película a lo Jurassic Park o Los Picapiedra, o en la atracción de ‘La Prehistoria’ del Parque de Atracciones de Madrid que tanto me gustaba de pequeña.

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Un mar de arrozales

El otro lado del río acoge a aquellos escaladores que quieren disfrutar ascendiendo sus majestuosas rocas; también acoge a los que prefieren un ambiente más tranquilo (y más barato) que el que ofrece Hampi Bazaar. Reúne a los que disfrutan tirándose en los colchones y cojines que adornan los restaurantes a lo chill out, y se pasan allí horas saboreando un chai, leyendo un libro, o simplemente deleitándose contemplado el paisaje.

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Esta zona de Hampi ofrece lo que tanto anhelamos en nuestras ajetreadas vidas en el mundo occidental: tiempo. Tiempo para contemplar las flores que crecen en oxidadas latas que un día contuvieron pintura; tiempo para pasear por la carretera y observar las variaciones de tonos de las plantaciones de arroz; tiempo para parar con la moto cada rincón del camino y sacar fotos mientras dejas escapar un ‘wow’ de los labios.

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Uno de los días que cruzamos el río alquilamos una moto y llegamos hasta Anegundi. Es un pueblito tranquilo, a excepción de los perros que se ponen a ladrar a veces y te impiden el paso, o a esas caricias de los niños que te quieren tocar (y que un par de veces me pareció que acariciaban con ‘demasiada’ fuerza…).

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Aunque no tiene nada especialmente llamativo, Anegundi está lleno de rincones que parecen postales típicas de la India. Unos cántaros al lado de un surtidor de agua que esperan a ser llenados, una mujer que recoge los excrementos secos de vaca del suelo para hacer un fuego, una mesa de planchar que espera paciente su próxima uso, una vaca que simplemente… está (no se me ocurre ningún adjetivo que pueda describir mejor ese estado de pachorra de las vacas); un señor que nos mira con curiosidad mientras se apoya en la pared de su casa, un grupo de niños que juegan a la entrada de una casa… una niña que te roba el corazón.

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Al otro lado del río el sol es abrasador. Caminar a las 2 de la tarde por la carretera que recorre esta zona es sentir cómo perennes gotas de sudor empapan tu espalda y tu ropa hasta convertirte en una sopa andante. Y es también quedarse boquiabierto al ver cómo bajo el mismo sol de justicia unas niñas lavan la colorida ropa en el río, de cuclillas, con medio cuerpo al aire y una amplia sonrisa en el rostro. Entre prenda y prenda tienen tiempo de decirnos ‘hi’, y continuar la faena como si tal cosa.

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Con esta entrada doy fin a Hampi. Es un final solo de líneas, no de pensamiento. Siempre me acordaré de ese amanecer grandioso, de sus monos a lo Aladín, de sus imponentes templos, de los brillantes saris de las mujeres y de sus rangolis en el suelo de las calles. Es un paisaje único y que sin duda no defraudará al viajero que quiera disfrutar de su encanto, bucear en su historia y perderse en un mar de rocas.

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