Kochi

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El encanto de Kochi reside en sus rincones

Preparando esta entrada, me doy cuenta de que arrancar con las primeras líneas me está resultando más difícil de lo que creía. Y no es precisamente porque no tenga nada que contar con respecto a Kochi (o Cochín), sino todo lo contrario. Este pequeño rincón de Kerala me regaló algunos de los mejores momentos que he tenido hasta ahora en el viaje.

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Allí conocí a un grupo estupendo de gente con el que pasear por sus tranquilas calles coloniales llenas de casas antiguas y patios de postal, y donde la estancia se fue alargando día tras día, en un tranquilo fluir con el tiempo y la calma del lugar.

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La llegada a Kochi se hace generalmente por ferry desde Ernakulam y precisamente por eso uno puede apreciar mejor el contraste tan grande entre el ruido y el jaleo de Ernakulam, y la tranquilidad de Kochi. Una vez me deshice de la mochila y empecé a pasear por una de sus calles principales me di cuenta de que algo era distinto a lo que llevaba visto de India. No había tanto ruido ni polvo, ni tantos bocinazos de coches o tuk-tuks. Además había calles asfaltadas y en buenas condiciones. Tenía la sensación de estar en un sitio más civilizado, más ‘normal’.

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Tampoco había perros sino cabras dándose verdaderos festines con la basura de la calle. Sí, Kochi era definitivamente diferente y aunque alguien podría argumentar que no es la verdadera imagen de la India, a mi me gustó desde el principio. Por aquel entonces ya sabía que iba a pasar unos cuantos días allí.

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Kochi no tiene edificios significativos o de esos que te cortan la respiración. No hay nada particularmente bello ni precioso. Pero sin embargo tiene muchísimo encanto y yo lo considero como un lugar por el que hay que pasar, caminarlo y respirarlo. Además tiene una gran variedad de cafeterías donde poder disfrutar de un buen expresso y un trozo de tarta casera.

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Sus calles albergan árboles centenarios, taxis sacados de los años 50, coloridas fachadas desconchadas, abigarrados puestos de souvenirs y casas de estilo colonial que rezuman el esplendor de un pasado por el que pasaron holandeses, portugueses e ingleses, y que hicieron de esta ciudad un punto clave en el negocio de especias.

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Las fachadas son principalmente de colores crema y están decoradas con columnatas y tejados de pendiente, imitando el modelo holandés.

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Los grandes caserones coloniales con patio central y multitud de habitaciones se han convertido en su mayoría en hoteles de lujo en los que, a precio europeo, es posible disfrutar de un baño en la piscina, o de una copa de champán a la luz de las velas.

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Por suerte, estos hoteles han sabido conservar el encanto del pasado y apreciar la belleza de los edificios. Uno de mis pasatiempos preferidos cuando estuve en Kochi fue precisamente visitar los patios centrales de estos hoteles, donde velas y flores se sumaban al azul de las piscinas y al verde de sus coloridos jardines.

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Algo que también me gustó mucho de Kochi es la sensación de pasear por distintos barrios. Con esto lo que quiero decir es que normalmente en los pueblos o ciudades de la India tengo la impresión de que todas las calles son muy parecidas unas de las otras. Sin embargo Kochi, y a pesar de ser un sitio relativamente pequeño, tiene zonas bien diferenciadas que dan la sensación de barrios y hacen el paseo más entretenido. En general, está la zona de las redes de pescar, la de los caserones coloniales convertidos en hoteles, la zona musulmana y el barrio judío en Mattancherry.

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La zona de las redes de pescar es una de las estampas más típicas y famosas de Kochi. Son estructuras de madera que siguen en uso no tanto por lo que pescan en sí sino por su atractivo turístico. A mi me recordaban a compases abiertos que trazan un cuadrado perfecto en el que asienta la enorme red. Para elevarla se necesitan 4 hombres como mínimo, los cuales no dudan en hacer una demostración del manejo de la red por un puñado de rupias. La mayoría de estos pescadores son hombres con una cierta edad, pero sus cuerpos tersos y fibrosos, abrasados por el sol, son el testigo de esta tradicional forma de pesca, ahora ya en desuso.

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Otra de las zonas más visitadas en Kochi es el barrio judío o Jew Town. Nunca se me olvidará el olor de las especias proveniente de todas las tiendas y almacenes que se dedican a su venta. Pasear por Bazaar Street supone toda una explosión de olores, una fiesta para el olfato que va desde el dulzor de la canela y la vainilla, pasando por los curris, la pimienta, el cardamomo, el clavo, el jengibre y un sin fin de especias desconocidas.

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El camino hasta llegar a la sinagoga está lleno de tiendas de regalos y souvenirs, acompañados con la perenne serenata de sus vendedores ‘yes ma’am, come to my shop’ que puede acabar con la paciencia de cualquiera. Aún así, y si uno trata de olvidarse del agobio de los vendedores, la experiencia por el barrio judío es algo que nadie se puede perder, y de la cual yo repetí. En esta zona también se encuentra el Dutch Palace, donde por solo 5 rupias es posible admirar unos bien conservados murales.

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Algo que recomiendo especialmente es entrar al enorme almacén de antigüedades Ginger, donde además de disfrutar de una buena comida con vistas al agua, se puede contemplar la exposición de obras de arte de considerable tamaño y valor artístico y económico.

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La zona musulmana está entre el barrio judío y la zona de las redes de pesca. Sus abarrotadas calles rebosan vida y esa India más auténtica de la que hablaba antes. El ruido de los claxon de los coches se une con el de la oración de la mezquita.

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El colorido de las tiendas de esta zona se mezcla con el intenso rojo de las carnicerías a pie de calle, con las reses colgadas y miles de moscas revoloteando. Hay muchos costureros y también negocios en los que es difícil saber qué venden o qué es lo que hacen más allá de las ennegrecidas pilas de chatarra que acumulan.

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La comida en Kochi es otra de las razones por las que es fácil prolongar la estadía. En sus restaurantes es posible comer excelentes curries con pescado fresco y disfrutar de la explosión de sabores y especias en cada cucharada. Como es tradicional en Kerala, la comida no se presenta en platos, sino en verdes y frescas hojas de plátano. El pescado y los mariscos están presente en la mayoría de los menús y la combinación con el jengibre y el coco hace que los sabores se sellen en la boca… y en la memoria.

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