Kanyakumari

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Kanyakumari es un sitio especial. Puede que turisticamente no tenga demasiadas cosas que ver, pero sin duda tiene otro tipo de encanto. Quizás sea porque esta ciudad se encuentra en el punto más al sur de la India, o por la confluencia de los tres mares (el arábigo, el índico y el golfo de Bengali), o porque es posible contemplar al sol ponerse y a la luna salir bajo el mismo horizonte. Sea por lo que sea, es un lugar mágico que engancha a quien lo visita.

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Además de ser un importante centro de peregrinación para los hindúes que bajan hasta aquí para acudir al templo dedicado a la diosa Devi Kanya, Kanyakumari es famoso por sus amaneceres y atardeceres. Cuando el sol empieza a caer, la playa adquiere colores que van desde los naranjas más brillantes hasta los morados más oscuros, pasando por rosas y azules. La gente que viene hasta aquí se sienta a contemplar los colores, en el borde de una barca o habiendo escalado una de las inmensas rocas que hay. Cualquier sitio vale para disfrutar de ese momento mágico donde el sol desciende y es como si el tiempo se parase, y no existiese nada más que la paleta de colores en que se convierten el cielo y el mar.

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Kanyakumari, con sus cientos de souvenirs hechos con conchas de mar, alberga además en una pequeña isla una estatua monumental de Thiruvalluvar, escritor de Thirukkural. Alrededor mucha agua; agua sagrada y barcas de mil colores que esperan hacerse a la mar. Los indios se paran y contemplan el panorama mientras beben chai, charlan un poco o simplemente ver la vida pasar.

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Cuando yo visité Kanyakumari era temporada alta para los indios, así que la ciudad estaba repleta de gente y bueno… repleta de todo: gente que acude al templo como punto y final de la peregrinación, multitud de puestos callejeros vendiendo el lote de enseres que ofrecer a los dioses formado fundamentalmente por un coco, un plátano e incienso; decenas de niños pidiendo dinero y arrancando sonrisas, otros tantos tenderetes en los que las mujeres se afanan por vender los mismos collares que tiene la de al lado… y así un sinfín de cosas que suceden al mismo tiempo sin que a la vez suceda nada en especial.

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En nuestro camino hacia un buen lugar para ver el amanecer pensábamos que estaríamos solos. ‘Las 6 de la mañana es muy temprano y seguramente disfrutaremos de una salida del sol tranquila y serena…’. Ingenuos. Estamos en India, y aquí nada es tranquilo ni sereno. Antes de que saliera el sol montones de grupos de gente, familias numerosas en su mayoría, ponían el pie en la calle antes de que lo hiciésemos nosotros. Antes de que se hiciera la luz en ese horizonte mágico de Kanyakumari, los vendedores de chai no daban a basto para servir a la gente su primer vasito del día, la gente se agolpaba en frente del mar y nosotros tratábamos de buscar el lugar menos… indio.

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Lejos de una salida de sol en silencio, la de Kanyakumari está llena de voces, comentarios, bebés que lloran, indios que nos sacan fotos y que se dicen los unos a los otros un ‘mira, mira’, nada disimulado cuando ven a tanto blanco entre ellos. Después, y como siempre, el momento de la puja, de la oración de la mañana, donde las indias se remangan el sari para acercarse a la orilla y echarse agua sagrada por encima mientras mueven los labios. Pese a lo temprano del día todo son colores, especialmente los rojos de los saris y el azul de las barcas de pescar.

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Si hay algo que adoro de la India (y son muchas cosas), son los puestos y sitios de comida al pie de calle. Porque si hay algo que pasa aquí, tiene que pasar de puertas para afuera. La gente cocina en la calle, y la comida se prepara así, a vista de todos, para gusto y deleite de los turistas a los que como a mí les encanta sacar fotos de comida (y después probarla, claro).

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Parathas (uno de los muchos tipos de pan indio), idlis (especie de pasteles esponjosos hechos con harina de arroz y lentejas fermentada), chutney de coco y sambar. A lo lejos, y mientras los devotos hacen una larga cola para entrar en el templo, los vendedores ambulantes gritan ‘chai’ a pleno plumón, los comerciantes de las tiendas charlan y se echan su primer cigarro del día. En Kanyakumari descubro que el día no comienza de a poco, sino de golpe y porrazo, y veo cómo el sol se filtra a través de las columnas de humo que salen de enormes sartenes con aceite que esperan a tener el punto justo para empezar a bañar samosas.

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En un momento dado una de las calles se convirtió en una inmensa cola de peregrinos ataviados de negro que esperaban su turno para entrar al templo. Y por supuesto, cualquier espera es siempre mejor con un vasito del bien azucarado chai.

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Pero si hay algo que adoro especialmente es un mercado en la India. Los mercados aquí son mundos aparte donde todo, absolutamente todo, se vende, se ofrece, se toca, se ofrece de nuevo a aquél que ha dicho ‘no, gracias’, se huele, se regatea, se hace oídos sordos y se vuelve a ofrecer. Es otro mundo, es algo que te despierta, que requiere de todos los sentidos, y que adoras o te espanta. El de Kanyakumari era al lado del mar y estaba formado por cientos – quizás miles – de puestos, tenderetes, carromatos, bicicletas-mostradores y vendedores ambulantes donde el colorido y el griterío son los protagonistas.

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Creo que si alguien busca algo en un mercado indio y no lo encuentra, sencillamente no lo va a encontrar. Todo está aquí y todo está muy repetido. Los mismos calcetines están repetidos una y mil veces, las mismas guirnaldas de flores, las mismas camisas… Pero aún así cada quién quiere llevarse el gato (o el cliente) al agua y grita con más fuerza lo mismo que tiene el otro.

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Es tal la cantidad de cosas que hay a la venta… es tanta la gente y el griterío, que uno deja de ver los monumentos de la ciudad para abstraerse y dejarse llevar por la viveza de la escena.

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Algo que me llama especialmente la atención son los vestidos para bebés y niñas porque parecen sacados de películas de princesas Disney. Cada cual es más colorido que el anterior, o tiene más lentejuelas o más capas de tul… cada cual es más cantoso, hortera y menos práctico. Pero precisamente por eso me encanta y me fascina la India. ¿Quién dijo que todo tiene que ser práctico y tener sentido?

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Y así, con todo ese alboroto del día de mercado y el madrugón de la mañana para ver el amanecer, levanto la vista buscando un descanso, una pausa de todo ese cúmulo de cosas. Y es entonces cuando veo, como si nada, dos postes con cables enredados que no saben si van o vienen, pero cables al fin y al cabo. Como cruces que deciden hacer penitencia y mostrar una silueta negra en contraposición a todo lo demás. Como el segundo que tardo en sacar la foto, admirando el negro de las formas, descansando en su tonalidad, para volver a la enérgica y siempre sorprendente India.

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