Pondicherry

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Hay sitios con mucho encanto, únicos, de esos en los que te sientes bien y no te importa si surge algún contratiempo por el que te tengas que quedar más días. Me estoy refiriendo a la ciudad de Pondicherry, en el estado de Tamil Nadu, al sur de la India. En mi caso el contratiempo que hizo que me quedase más días de los necesarios para conocer el lugar fue simplemente que estaba muy a gusto allí. Pondicherry, o Pondy, estuvo bajo el dominio francés desde 1674 hasta 1954 (segúnl Wikipedia), y eso se traduce en la sensación de visitar una localidad en la que los indios hablan un perfecto francés, la gente se fuma un cigarrillo en las puertas del Lycee Francais y en las cafeterías se sirven sandwiches croque monsieur.

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Esta zona francesa ocupa una parte de Pondicherry, que la más turística y la principal excusa para parar en este sitio dada su peculiaridad. En esta misma parte también se encuentra el Sri Aurobindo Ashram, centro de peregrinación para muchos seguidores y curiosos que quieren conocer más sobre Auroville.

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Pasear por esta zona francesa es alejarse del ruido y polución del resto de la ciudad. Es adentrarse en la civilización (algo que en India a veces se echa de menos), donde las calles están impolutas (salvo algún rincón que hace las veces de baño público), las bungavillas se cuelgan de las fachadas de los elegantes edificios de estilo francés, los coches son reemplazados por bicicletas, y los tan molestos claxon de los tuk-tuk dan paso a unas bocinas con el típico sonido del pato de goma que hace cuando lo aprietas (para mis cansados oídos aquello era como música de ángeles).

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En el barrio francés predominan los edificios de ángulo recto, bien conservados y vívidamente pintados. Hay rangolis (dibujos en el suelo) que resaltan aún más la belleza de las calles, que aquí  se llaman ‘rues’. Hay casas coloniales, verdaderas joyas históricas convertidas en lujosos hoteles donde poder disfrutar de una cerveza fría y darse un capricho a cuerpo de rey. Alguno podría decir que esta no es la verdadera imagen de la India, y puede que tengan razón (aunque por otro lado eso es lo que me gusta de este país, que no hay una cara sino muchas). Pero verdades aparte, yo disfruté de Pondicherry y el silencio de sus ‘rues’, y me divertí chapurreando un par de frases en francés con el dueño de uno de los cafés y despidiéndome con un ‘au revoir’ que hasta entonces nunca hubiese ubicado en esta zona de Asia.

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Un edificio particularmente bonito es el de la biblioteca pública.

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Entrar en él es retroceder en el tiempo y encontrarse con un suelo y mobiliario que te transportan a décadas pasadas. Los ficheros siguen siendo cajones de madera con sus iniciales escritas a mano. Hay archivadores de toda la vida, ventiladores al lado de las mesas y los ordenadores no se atreven a irrumpir ese aire sesentero que se respira en el lugar.

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Y es que los interiores de muchos edificios de la zona francesa no son menos sorprendentes que el exterior. Así pues, algunas cafeterías son también tiendas en las que poder comprar artículos más chic, y que a mi me recordaban a las casas que aparecen en las revistas de propiedades y diseño interior. Hay también una casa colonial en la que al entrar descubrí a multitud de mujeres detrás de otra multitud de máquinas de coser, elaborando coloridos pañitos con el que decorar las casas.

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Otro de los ‘respiros’ de Pondicherry es su paseo marítimo, un espacio sin coches donde es posible ver a gente corriendo y haciendo deporte (muy a la occidental), grupos de indios comprando algodón de azúcar y otras golosinas con las que alimentar el paseo, niños subiéndose a la estatua de Gandhi y que hace las veces de parque infantil. Es un ambiente relajado y distendido en el que uno puede bajar la guardia y no tener que mirar cada 5 segundos por si viene una moto o un tuk-tuk directo a ti.

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Dentro de la zona francesa hay también un templo porque bueno… por muy francés que sea un lugar, un templo nunca puede faltar en India. En frente de la entrada al mismo hay un puñado de puestos que venden todo tipo de artículos religiosos con los que ofrendar a los dioses, calendarios y, con todos mis respetos, unas un poco siniestras fotografías de Sri Aurobindo y de La Madre (fundadores de Auroville), y cubos metálicos repletos de flores perfumados por el olor del jazmín fresco. Una de las veces que pasé por delante del templo pude contemplar como la gente que se había comprado un vehículo nuevo llevaba su moto o su coche al lado del templo para ser bendecido por el sacerdote hindú. Este es otro rasgo que muestra hasta qué punto es importante aquí la religión.

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Y como para gustos los colores, Pondicherry también cuenta con la zona típicamente india, la de la ‘cara verdadera’ para muchos. Realmente, quitando ese barrio francés el resto de la ciudad es como cualquier otra, sin que esto suene a menosprecio. Muy al contrario, creo que eso es lo que hace que Pondicherry sea un sitio tan interesante, en el que se puede ir del bullicio al silencio y pasar de la locura india a un barrio más civilizado en apenas dos minutos. Es una combinación perfecta en la que uno comienza a pasear en la dirección de lo que le pida el cuerpo, como si de un termostato se tratase. Recuerdo con especial cariño la callecita donde se encontraba mi guest house y que representaba a la perfección eso que tanto me gusta de India: la vida en la calle, de puertas para fuera, donde los perros te ladran al detectar que tú no perteneces ahí, donde se celebra un cumpleaños y la tarta está dispuesta en una mesa en plena calle, donde los niños juegan sin que sea peligroso estar afuera, donde la gente ve la televisión con la puerta de la casa abierta, donde una viejecilla cocina unos idlis acuclillada en la acera, y donde una madre muestra orgullosa a su retoño.

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2 Respuestas a “Pondicherry

  1. El crisol de culturas del que disfrutas en la India es maravilloso. Gracias por compartir y adelante con tu viaje.

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