Madurai

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Tamil Nadu, al sur de la India, es considerado el estado con mayor número de templos hindúes del país. Este dato, que en otro lugar u contexto podría ser anecdótico, aquí tiene una relevancia especial. Solo quien ha pisado este país sabe la cantidad de templos que hay en la India. No hace falta tirar una piedra, simplemente están y aparecen por todas partes. Tamil Nadu se lleva la palma en todo esto, y por ello es uno de los lugares más importantes en cuanto al hinduismo, las peregrinaciones y todo lo que tiene que ver con la religión.

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La estrella de Madurai es su templo, aunque decir esto sin más no hace justicia a la realidad: el templo de Meenakshi es más bien una ciudad en sí misma. Ocupa una vasta extensión con cuatro puertas situadas según los puntos cardinales y que sirven de orientación a la hora de ubicar hoteles, calles y restaurantes. – ¿Dónde estás?  – Estoy cerca de la entrada norte.

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Traspasar una de sus entradas, habiéndose descalzado antes y depositado todos los objetos en una consigna, es adentrase en el mismo epicentro de la religión hindú, esa que hace girar la vida en la India.

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Ya temprano en la mañana hay largas colas de peregrinos que esperan a hacer la puja, o a entrar en unas de las zonas sagradas donde grandes monolitos cubiertos en resplandeciente oro son testigo de la cantidad de gente que pasa por allí. Hay esculturas de todas las divinidades hindúes y cada uno le reza al que más devoción le tiene. Hay un elefante que te pasa la trompa por la cabeza dándote una bendición, pequeños puestos vendiendo los ya tradicionales objetos para la puja (coco, incienso, velas, flores), y el estanque de agua es uno de los más grandes que he visto.

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Uno empieza a andar y tiene la sensación de perderse en un laberinto de elaboradas columnatas y techos en los que se muestra más mitología, más dioses, más mandalas. No queda ni un solo rincón por pintar ni decorar y la luz perpendicular que se cuela a través de las columnas y patios interiores no hacen más que resaltar aún más esa explosión de colores.

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El adjetivo colorido se queda corto para denominar la cantidad de pintura con la que se ha cubierto el templo. A unos les puede parecer cautivador, divertido o un tanto kitsch. El caso es que el templo de Madurai no deja indiferente a nadie, ni por su tamaño, estructura y la vida que se mueve en torno a él.

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Alrededor del templo se acumulan un buen número de top manta y puestitos que venden de todo, desde polvos de colores para hacer randolis hasta algodón de azúcar de un rosa hiper-saturado, pasando por objetos religiosos y hasta tatuajes en plena acera (me reservo esa foto para una entrada posterior). También hay muchos baños públicos para que hombres y mujeres se aseen antes de entrar al templo.

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Cerca del perímetro del templo hay un mercado donde principalmente venden telas, pulseras, artículos para el pelo, vistosos bindis y cerrojos. En mi recorrido yo no dejaba de admirar la belleza de ese edificio, adornado con caballos, guerreros y decoración floral. India es un reflejo excepcional de las vueltas que puede dar la vida y de cómo un edificio tan imponente pueda terminar albergando costureros y vendedores de coco.

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Pero Madurai tiene un encanto muy particular más allá del templo. Perderse por sus callejuelas salpicadas de coloridas fachadas y que a mi en conjunto me hacía recordar a una ciudad del Mediterráneo, es otra de las cosas que más disfruté. Caminar sin saber hacia donde uno se dirige y dejando que simplemente los pies te lleven hace que te des de bruces con rincones de lo más variopintos: un hombre que plancha con una plancha de carbón en un colorido puestecillo, un grupo de chavales que convierte la calle en una improvisada pista de cricket, un callejón tan atestado de vacas que no se pueden ni mover y donde una lame el culo a la otra, templos, más grandes, más pequeños, pero siempre templos.

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Una de las cosas más curiosas que nos pasó a mi amiga y a mi fue pasear por una calle desierta y de repente, como de la nada, empezar a salir niños por todas partes, pidiéndonos fotos. Se empujaban y se tapaban los unos a los otros. Yo me alejaba para intentar que todos estuvieran en plano pero ellos se acercaban más. Entonces les decía que no se movieran, y yo me alejaba y ellos se aproximaban de nuevo, y vuelta otra vez.

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Otras de las sorpresas a las que no me canso son los mercados y las tiendas donde venden el pollo más fresco que uno podrá probar en su vida. Los pollos están ahí, vivitos y coleando (bueno es una manera de hablar porque suelen estar en jaulas). Que quieres un pollo, pues ahí mismo le cortan el pescuezo, lo despluman lo limpian lo parten y te lo dan. 100% fresco, oiga.

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3 Respuestas a “Madurai

  1. Encantada con los relatos del viaje que fotos mas lindas
    En algunas lecturas me siento que estoy en la India.
    UN ABRAZO

  2. Pingback: Consejos prácticos para viajar a la India | Impresiones del mundo·

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