Calcuta

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Esta es una entrada especial. Después de 5 meses viajando y descubriendo India, Calcuta era mi última parada en ese gran país. Sabía que no era un ‘adiós’ sino un ‘hasta pronto’, y sin embargo no podía evitar empezar a sentir cierta melancolía por dejar un lugar que tanto me ha dado. Sabía que era el final y por eso mis días en Calcuta se empaparon de una mirada especial donde mis ojos y mi memoria querían retener cada detalle, todos esos que componen la ‘India de los rincones’ que tanto me gustan, y que en Calcuta encontré tantos.

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En esta gran ciudad, una de las más pobladas del país, dediqué parte de mi tiempo a trabajar como voluntaria en uno de los centros de la Madre Teresa. La experiencia superó mis expectativas y me permitió formar parte de un trabajo digno de conocer, y lo mejor de todo, conocer a personas con corazones enormes, capaces de dejarlo todo en sus países y vivir en Calcuta por unos meses (lo cual,creedme, no es nada fácil).

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El madrugón que mis amigos y yo nos pegábamos era considerable, pero merecía la pena. A eso de las 7 de la mañana empezábamos a caminar por una de las calles principales de la zona musulmana, donde la vida empezaba a despertar. Recuerdo el color del sol a esas horas, entre naranja y rosado, y un tanto difuminado por la suciedad del aire que aparecía de a poco entre los viejos edificios que aún dormían.

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Recuerdo también cómo la luz se colaba en la todavía perezosa actividad, agitada tan solo por algún que otro conductor de rickshaw que transportaba gallinas, o un carnicero que cortaba carne, o un hombre preparando el chai matutino. A primera hora de la mañana los vecinos salían a la calle para lavar los coches, la ropa, o bañarse en medio de la acera. De camino al centro de la Madre Teresa se desplegaba la India que tanto me cautivó aunque no es apta para todos los gustos, ni estómagos… ni olfatos. Es aquella que respira vida y que se vive de puertas para afuera, donde la calle se convierte en el lugar para todo, como si fuese un gran escaparate.

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Una vez en el centro, y después de haber recorrido algunos de los barrios más pobres de Calcuta,  el día comenzaba con una actividad frenética que iba desde fregar suelos, hacer las camas, dar crema a las internas, cortarles las uñas, ayudarles a comer, y lo más importante, darles el cariño que tenían negado antes de ingresar allí. Creo que nunca me olvidaré de la vez en que una mujercilla bastante mayor y casi ciega me cogió de la mano mientras la daba de comer. Simplemente es algo que hay que vivirlo. Entender que el cariño entre dos personas va más allá de cualquier idioma y edad quedó reflejado en ese gesto que todavía hoy me emociona. Toda una experiencia la del voluntariado que sin duda alguna repetiré si alguna vez vuelvo a Calcuta.

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En una de mis mañanas libres en que quería explorar la ciudad un poco más, decidí perderme por las calles de Kalighat, uno de los barrios más visitados por su templo y por el ghat donde se incinera a los muertos. Después de desayunar una grasienta tortilla y un trozo de paratha, mi pan preferido, me fui a un mercado escondido en un edificio decrépito y medio en ruinas.

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La luz volvía a hacer de las suyas y se colaba a su antojo por cualquier rendija, hueco y agujero, ayudando a la iluminación del lugar. Los mercados de la India han sido otro de esos descubrimientos con los que tanto he disfrutado. Son una verdadera fiesta para los sentidos por sus colores y la actividad que hay.

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El equivalente a lo que sería una pollería, rebosaba sangre y plumas por doquier mientras el sonriente pollero posaba para la foto. El azul y blanco de los pescados relucía al calor de una bombilla y que a mi me recordaba a un bodegón (típico cuadro de naturaleza muerta con elementos de la vida cotidiana). Antes de venir a India nunca me había fijado en lo bonitas y fotogénicas que podían llegar a ser las cebollas rojas, con sus tonos tintos y morados.

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Otra de las cosas que me encantaban de la India son los puestos en los que venden bolsitas con jabón para lavar la ropa, o gel y champú, tabaco, noodles y bolsas de patatas principalmente. Estas mini tiendas están literalmente por todos lados y a menudo me preguntaba cómo hacen para vender porque todos venden exactamente lo mismo. Me gustaban por el colorido y antes de Calcuta nunca les había sacado una foto. Decidí que por lo representativos que eran, merecían una foto en esta entrada. Puro color.

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Si hay una profesión especialmente dura es la de los conductores de rickshaw. Calcuta fue el único sitio donde vi a los hombres tirando de estos destartalados vehículos. Con la sola ayuda de sus piernas y brazos estos conductores sacan fuerzas de donde no las tienen para tirar del rickshaw y llevar a dos, tres o más personas. Nunca tomé ninguno y en algún lado me pareció leer que estaba prohibido montar en rickshaw por lo inhumano que tiene. Pero lo cierto es que en Calcuta se ven muchos y en una ocasión pasé por delante de un barrio donde la mayoría de personas se dedicaban a esta sufrida profesión. Creo que a foto de abajo habla por sí sola.

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Calcuta también tiene una zona más urbana, con grandes avenidas y más organizada. Entre pistas de cricket, edificios altos de la empresa Tata y diversos carriles se encuentra el Victoria Memorial Hall, un monumento conmemorativo erigido en honor a la reina Victoria de Inglaterra. Por fuera es muy parecido a la catedral de St Paul de Londres, así que por unas horas me dio la sensación de estar de nuevo en la capital británica, la ciudad en la que viví los últimos siete años antes de comenzar este viaje.

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El monumento está rodeado de cuidados y amplios jardines con todo tipo de flores y también algunas fuentes. Esta zona de la ciudad está mucho más cuidada, es menos sucia y ruidosa. El tema del ‘silencio’ es algo que me sorprendió gratamente porque el ruido fue algo a lo que nunca me llegué a acostumbrar en India.

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Como dije al principio de la entrada, Calcuta me marcó especialmente por ser mi última parada en este gran país. Pero emociones aparte, es una urbe que merece la pena visitarla y sobre todo, sentirla y experimentarla. Conocer sus barrios más pobres y también el contraste con el centro que es más desarrollado. Y sobre todo, dejarse arrastrar por todo el amor y duro trabajo que cada voluntario entrega en uno de los centros de la Madre Teresa. Es algo que llega al corazón.

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