Melbourne

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Después de 5 meses en India y a eso de las 12 y pico de la noche, llegué a Melbourne. Todavía recuerdo el shock tal que fue poner el pie en una ciudad tan desierta y tranquila a esas horas. Había silencio, aceras, señales, todo estaba hiper limpio y ordenado. Cada casa con su jardín perfectamente delineado y cuidado, y vuelvo a insistir, limpio y ordenado.

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El shock inicial duró aún unos días y me sentía como una pueblerina que hubiese llegado a la gran ciudad. Pero dejando a un lado el hecho de que venía de otro mundo completamente distinto, Melbourne es una ciudad que me sorprendió gratamente por sí misma. No hay muchos coches, nunca vi un atasco y por tanto no hay ruidos ni bocinazos. Por lo general las aceras son anchas, con calles grandes y largas avenidas. El aire es limpio, tanto que hace que por las noches se pueda apreciar la vía láctea que cruza el cielo como si de un río brillante se tratase.

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La gente en Melbourne es amigable y no es raro mantener alguna conversación con alguien en la calle o en alguna tienda. En general se respira buena energía, ‘good vibes’, como se dice en inglés, y hay un clima relajado. En Australia se dice de Melbourne que es una ciudad con alma y yo así lo sentí.

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Disfruté con la moderna actitectura del CBD (Central Business District), de sus altos edificios acristalados que reflejan el sol en su recorrido por el cielo; me divertí con los espectáculos de humor que artistas callejeros ofrecen en Federation Square, el corazón de la ciudad; amé el aroma de sus cientos de cafés, uno de los orgullos de Melbourne y por fin pude probar la sabrosa carne de canguro tan famosa en Australia.

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Saliendo del distrito centro, que es más económico y comercial, Melbourne es una ciudad alternativa, llena de arte moderno, graffitis, luces de neón, calles llenas de tiendas vintage y muebles de segunda mano. Está lleno de bares y restaurantes con toque kitsch, trendy, cool, underground y todo tipo de adjetivos que se alejen de la típica decoración. Hay viejos almacenes convertidos en sitios de copas, o en lugares que son todo un culto al reciclaje y a la utilización alternativa de objetos cotidianos mientras uno degusta una ensalada César y trabaja con su portátil.

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Como decía, el café es uno de los orgullos de los melbournianos y supone una verdadera cultura en la ciudad. No es raro ver pizarras a la entrada de algunos sitios donde pone que han ganado tal o cual premio como mejor café de ese año. Me gustaban en especial las cafeterías donde además de preparar los mejores cappuccinos que he probado, se te hacía la boca agua con los muffins y demás dulces caseros que vendían. En ese tipo de negocios, lejos de las cadenas y más locales y accesibles, se cuida la música que se toca y se anuncian clases de yoga o de alfarería que hay por el barrio. Mi favorita era una pequeña cafetería donde aún se utilizaba el vinilo y la misma cocina estaba integrada con las cuatro mesas que tenían.

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Los cafés y las comidas las suelen servir hombres y mujeres en sus treinta, llenos de piercings y tatuajes mientras te sueltan un ‘no worries, mate’ a la primera de cambio (seña de identidad de cualquier australiano).

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Una de las mejores cosas que alguien puede hacer en Melbourne es olvidarse del mapa y del GPS y empezar a caminar sin rumbo, perdiéndose por sus barrios y calles, apreciando las diferencias que hay entre distrito y distrito. Uno puede encontrarse en una calle llena de cafés y restaurantes italianos en Little Italy y tres calles más abajo sumergirse en el arte más alternativo de los graffitis del barrio de Fitzroy mientras se deleita con el olor del café recién hecho, o de la carne a la plancha proveniente de la hamburguesería más cercana.

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Además de todas las exposiciones, graffitis, performances y pinturas con las que uno puede disfrutar de forma gratuita, hay otro sector por el que a Melbourne se la conoce como la ciudad del arte: el de sus músicos y artistas callejeros. Sencillamente eso es para verlo y escucharlo. La calidad de la música que tocan, el talento que demuestran haciendo break dance, beatbox (gente que hace música con la boca), dibujando un cuadro en un trozo de cartón quemado, o ejecutando algo que no habías visto antes y que nunca se te hubiese ocurrido es el pan nuestro de cada día en las calles de Melbourne.

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Recuerdo como una noche formé parte de un grupo de alrededor de 200 personas que con la boca abierta (y en mi caso casi con una lagrimilla) escuchábamos cómo un chico tocaba el violín cantando una canción de James Blunt. Era sublime, el oír algo tan bonito y en plena calle, sin ningún tipo de acústica ni equipo profesional más que un par de altavoces, pero con toda la sensibilidad del mundo. Y lo mismo sucede en cada esquina, en cada barrio, en cada festival. Melbourne y el arte son la misma cosa y me gustó el hecho de que uno pueda pasar la tarde gratis o a base de propinas totalmente justificadas por disfrutar de buenos cómicos y genios de la música. Nunca sabes lo que vas a ver, o si vas a descubrir un tipo de música nuevo para ti.

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Algo característico también son sus festivales. Los hay de todo tipo y cualquier motivo es bueno para que haya uno. El final del verano, el principio del otoño, la celebración de algún aniversario importante… Van desde una fiesta a lo largo de una calle hasta importantes eventos donde por un par de días se tira la casa por la ventana. Tuve la suerte de acudir a uno de ellos, el Moomba Festival, donde pude disfrutar de orquestas latinas y australianas que acabaron dando verdaderos conciertos, exhibiciones de sky acuático por el río Yarra, fuegos artificiales a dos bandas, talleres de música brasileña y multitud de puestos de comida internacional. Unas semanas más tarde comenzaría el festival del humor, o el del cine indio, o el de la música, y así hasta completar una apretada agenda de eventos culturales que hace las delicias de sus habitantes.

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La gastronomía en esta ciudad fue algo que también me sorprendió. A la comida australiana le pasa lo mismo que a la británica: no hay mucho donde elegir. Sin embargo ese hueco apenas si pasa desapercibido para alguien que disfrute la buena cocina. La multiculturalidad de la ciudad está presente en sus restaurantes y por tanto, en sus platos. Hay infinidad de sitios excelentes para comer y degustar  comida india, italiana, griega, española, francesa, china, japonesa y de cualquier rincón del mundo en general. Hay mucha calidad, restaurantes llevados por grandes chefs y de gran renombre en el sector de la gastronomía. La misma competencia que hay por hacer los mejores cafés se traslada a la cocina, y muchas vitrinas lucen con orgullo premios que han ganado en años anteriores.

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Otro de los festivales que se celebraban durante los días que estuve en la ciudad fue el de la comida y el vino ‘Food and wine Festival’. Mi bolsillo no estaba para tales lujos, pero allí, al lado del río y bajo la sombra de los árboles eran muchos los que degustaban un sinfín de delicatessen y mini platitos acompañados de los mejores vinos australianos.

 

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Quizás la combinación de toda esa parte alternativa y graffitera junto con la elegancia de los edificios del CBD y el detalle con el que todo está cuidado fue lo que hizo que me enamorara de Melbourne. Mucha gente la compara con Sydney y dice que no hay mucho que ver aquí. Pero si hay algo de lo que presuma Melbourne es de tener esa alma, ese aire tan distinto al de su ‘rival’. Es esa atmósfera más trendy y relajada que no se ‘turistea’ sino que se vive y siente.

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Melbourne es también una ciudad de rincones, aquellos en los que una bici a la que han cosido una especie de funda descansa atada a una farola, o una flor de plástico gira con el viento al lado de unos contenedores en un intento por mejorar la estética del lugar, o la fachada de una casa luce una inscripción que pone ‘my heart is a mess’ (mi corazón está hecho un lío), y cosas así.

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Me parece difícil que uno pueda apreciar todo eso de lo que hablo en uno o dos días. Por eso me parece que una vez llegados a Melbourne merece la pena dedicar unos cuantos días a dejarse empapar por esa atmósfera, vivir sus contrastes, y darse también un chapuzón en las playas de St Kilda o Brighton. ‘See ya Mel’ (hasta la vista Melbourne).

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