Ho Chi Minh city (Saigón)

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Llegué a Ho Chi Minh, la antigua Saigón, a las 8 de la noche. Debido a la diferencia horaria con Australia, para mi eran algo así como las 2 de la mañana lo cual hizo que en el avión no viese el momento en el que poder descansar por fin en una mullida cama. Pero todo el sueño y cansancio desaparecieron de golpe y porrazo cuando una bofetada de calor y humedad me recibió a la salida del aeropuerto de Saigón. ‘Bienvenida de nuevo a Asia’, parecía decirme.

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Si bien es cierto que Australia y Nueva Zelanda me dejaron con la boca abierta, empezaba a echar de menos ese desorden tan característico de la vida en este lado del mundo, así como comer en la calle o conocer una cultura completamente diferente a la mía.

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Todo eso se me pasaba por la mente al mismo tiempo que trataba de equilibrar el peso de mi mochila al ir en el asiento de atrás de la moto del chico vietnamita que acababa de conocer gracias a Couchsurfing. De hecho, el ir en una moto y formar parte de un atasco a los 30 minutos después de haber aterrizado me pareció lo más auténtico y emocionante que había hecho recién llegada a un país. Porque si hay un país que se asocie con las motos es Vietnam, donde en algunas ciudades hay más motos que personas.

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Aquellas primeras horas fueron una llamada de atención en toda regla que me advertía sobre que el calor que iba a tener que aguantar durante mis días en Vietnam. Amiguita, esto no ha hecho más que empezar. Y así fue cómo día tras día llegaba a la conclusión de que la palabra sudar se quedaba corta para referirse a ese fenómeno que convierte cada poro de tu cuerpo en una cascada en potencia donde ni todas las duchas del mundo bastan para mitigar el cauce de sudor. En Ho Chi Minh City esas cascadas alcanzaron su punto álgido cuando, comiendo mi primer pho (sopa con noodles, carne y hojas verdes), quise comprobar si la guindilla en este país picaba tanto como en India… (sí, supongo que momentos absurdos los tenemos todos…)

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Saigón es una ciudad polifacética, donde sus altos edificios acristalados conviven con casitas bajas de tonos pasteles, herencia del legado colonial francés, así como lo son sus calles arboladas y sus barras de pan. Su modernidad y su etiqueta de centro financiero de Vietnam contrasta con sus puestitos de comida en la calle, espolvoreados por todas las calles, rincones y escondrijos, donde es posible degustar pho y otras comidas locales. Quiero recalcar lo de ‘puestitos’ porque, como diría mi madre, parecen del tamaño de la Señorita Pepis: son mesas y sillas de plástico del tamaño ideal para un niño pequeño. Prácticamente uno come de cuclillas, una postura por cierto en la que los asiáticos se pueden pasar horas y horas. Todo en esos puestitos es diminuto: el expositor con la comida, los cuenquitos de cerámica y el mobiliario. Tanto es así que a veces las mujeres cargan todo dentro de las tradicionales cestas de mimbre y se van con el ‘chiringuito’ a otra parte.

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Es muy común ver a gente que se baja de la moto, pide algo de comer, lo devora y se vuelve a ir por donde vino, dando pitidos por doquier porque si alguien tiene la preferencia en este país es aquel que va subido en la moto. De hecho la gente hace la compra, se echa la siesta y lee el periódico subida en la moto. Creo que llegará un día donde alguien invente un aparatito para que puedan ir al baño sin necesidad de bajarse de la moto.

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En esos primeros días en Saigón disfruté como una enana comiendo en la calle y viendo en general cómo la vida en este país se desarrolla de puertas para afuera. Los hombres echan partidas de ajedrez chino en la acera, las mujeres se plantan en medio de una callejuela para quitarse las canas con unas pinzas de depilar, se echan la siesta o ven la tele despatarradas a la entrada de sus casas. Es eso mismo lo que tanto me enamoró de India y aquí me lo volvía a encontrar, esa sensación de vida que hace que todo sea entretenido, divertido y espontáneo.

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Fotografía tomada por Kyoichi Sawada, expuesta en el museo de la guerra

Pero si hay algo a lo que un viajero dedica tiempo en esta ciudad es a conocer su museo de la guerra y toda la historia relacionada con la barbarie de la guerra de Vietnam. Recuerdo que cuando iba en moto estaba pensando sobre lo moderna que era Saigón cuando un minuto después, y sin que nadie me explicase nada, comprendí el porqué. Prácticamente todos los núcleos de población de Vietnam fueron bombardeados y gaseados hasta convertir alguno de ellos en tierra de nadie (no man’s land, en palabras del propio presidente Nixon).

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El museo de la guerra constituye todo un recuerdo para la carnicería que aquí se cometió. Hay mucha información textual, así como aviones y tanques de guerra que los americanos dejaron, y que por cierto en mi visita pude observar cómo unos trabajadores del museo se dedicaban con esmero a restaurar alguna de estas máquinas… paradojas de la vida, ¿verdad? Pero volviendo al museo, a mi lo que más me impresionó fue la parte de las fotografías que muchos profesionales pudieron tomar antes de morir. Se me ponen los pelos de punta al ver la imagen tomada por Sawada, donde una madre trataba de huir de la barbarie cruzando un río con sus hijos. O las caras de esos niños que huyen a lágrima viva del saqueo de su pueblo.

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En el museo nadie hablaba. La dureza de las fotografías y de los testimonios, así como el hecho de pensar que ocurrió como aquel que dice hace dos días, cubría el lugar de un manto silencioso donde cualquier comentario hubiese sido una inoportuna redundancia ante la fuerza de las imágenes.

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La guerra de Vietnam estará presente en el resto de mis días en este país, donde aún hoy miles de personas siguen sufriendo los efectos del gas naranja con el que se fumigaron zonas enteras, o de los bombardeos que han hecho que sus vidas ya no sean las mismas.

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Volviendo a algo un poco más alegre, Saigon también es famoso por las pagodas, que son edificios de varios niveles situados cerca o dentro de centros budistas. El chico vietnamita que conocí a través de Couchsurfing me trataba de explicar un poco más en relación a estos edificios, pero la diferencia de acentos y el nivel de inglés tan bajo que tenía hizo que ahora no sea capaz de añadir ningún detalle más a la explicación sobre las pagodas. Pero lo que sí pude apreciar fue la belleza del colorido de sus banderillas y sus farolillos debido a la celebración del mes de Buda.

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Dos de los mejores recuerdos que me llevo de Saigón son el de un parque situado en el centro de la ciudad donde cada noche se llenaba de grupos de gente practicando bailes latinos. En contraposición con Nueva Zelanda o Australia, donde la vida diaria se acaba a las 9 de la noche, aquí no ocurre lo mismo. Precisamente porque a partir de esa hora el bochornazo empieza a dar un respiro (digo solo ‘empieza’), y la gente puede dedicarse a otros menesteres más allá que el de mover el mini-ventilador a pilas. En el parque en cuestión hay máquinas con las que puedes hacer ejercicio y también es posible conocer a jóvenes vietnamitas que se te acercan con el propósito de mejorar su inglés. Y es aquí donde sitúo el otro recuerdo, cuando andando por el parque de camino al mercado oí una vocecilla que me decía: where you from?

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Así es como conocí a Trang, una vietnamita diminuta, con terror a las motos, a los cruces y al sol (eso del sol va para todos los vietnamitas). Todavía recuerdo cómo se me agarraba del brazo a la hora de cruzar la calle y esquivar algo así como mil motos, mientras yo pensaba: tendría que ser yo la que se agarrase a ella y no yo la que lidere este suicidio, pero en fin… Gracias a ella aprendí a decir cuánto cuesta en vietnamita así como otras palabras útiles, y pude saborear una auténtica delicatessen de la calle llamada bánh trang tron, mientras intercambiábamos palabras a la orilla del río.

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El país de las motos supuso la vuelta a mi querida Asia, un continente tan variopinto como fascinante. Ho Chi Minh solo fue el principio de otra aventura que estaba por comenzar. En la próxima entrada, nos vamos a la playa.

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2 Respuestas a “Ho Chi Minh city (Saigón)

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