Mui Ne

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Recuerdo el pueblito pesquero de Mui Ne, en la costa de Vietnam, como una burbuja de descanso que me concedí a mi misma. Fueron unos días de lectura, de largos desayunos sorbiendo el delicioso café vietnamita con bollitos de coco y devorando el la novela ‘Come, reza, ama’. Fue también mi vuelta al pedaleo en bicicleta, esa de la que tanto disfruté en mis veranos cuando era pequeña, y lo que se convertiría en una de mis principales actividades en Vietnam.

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Llegué a Mui Ne por la noche, sin tener ninguna referencia de ningún hostal barato o de la llamada ‘zona mochilera’. ¿En qué hotel necesita que la dejemos?, me preguntó el chico del autobús desde Ho Chi Minh city, respondí. Así fue como acabé en una zona llena de resorts y hoteles típicos de luna de miel, a las 8 de la noche. Encontré un sitio barato así como también descubrí que el pueblo de Mui Ne estaba a unos kilómetros de allí. (Lección aprendida: la próxima vez buscaré algo de información antes de llegar a un lugar).

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La primera mañana, después del primero de mis queridos desayunos eternos leyendo, agarré el autobús local a Mui Ne. Seguía estando un poco perdida y me desubicaba un poco tanto resort vacío (era temporada baja para mi fortuna), pero estaba decidida a dejarme fluir por la jornada, los paisajes o los cafés que se me interpusieran en el camino.

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Fue así como descubrí y disfruté de un grupo de tenderetes situados en una rotonda, ya en el famoso Mui Ne, cerca del mercado. Hacía un sol de justicia, así que con la misma pachorra con la que llegué, me senté en una de las mini sillitas de uno de los puestos a contemplar el panorama.

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Creo que no hay nada más entretenido que la propia calle. Un vendedor de dorians, la famosa fruta  de olor pestilente, charlaba largo y tendido con una pareja que tomaba unas bebidas en otra de las mini mesas. El hombre me preguntaba que de dónde era y éste a su vez se lo traducía al resto. Mientras, los niños de uno de los vendedores correteaban por ahí, con el culillo al aire y haciéndome la más feliz del mundo cuando conseguía capturar uno de sus graciosos gestos con mi cámara.

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Los mercados de Mui Ne fueron otra de las delicias durante aquellos días, ya no solo por las fotos que saqué sino por la fruta tan fresca que vendían. También supuso la vuelta al regateo, al poner todos los sentidos alerta para que no te timen, a la lucha por desmentir que el hecho de que seas europeo no significa que seas millonario y al empeño de que vean la persona que eres, y no un billete con patas. Aunque suene surrealista, yo estaba feliz por volver a aquella locura a la que India me mal acostumbró tan bien.

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Mui Ne es famoso además por sus dunas, enormes montañas de arena roja y blanca que dotan al paisaje de un contraste perfecto con el azul del mar. Hacía tanto calor y los chapuzones en la playa eran tan tentadores que siguiendo con la línea de mi ‘oda al descanso’ decidí verlas desde la distancia.

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Una vez en la playa, la arena se llena de barquitas con forma de barreños enormes esperando a que llegue la hora de faenar. Mientras ese momento llega, muchos pescadores aprovechan para tejer las redes de pesca, resguardados del intenso sol, y casi siempre con un palillo entre los dientes. Los barcos son paletas de colores que se mecen con las olas, y que junto con los trocitos de conchas esparcidos por la arena y las dunas de fondo confieren a Mui Ne un colorido de lo más veraniego. Cuando atardece, muchos hombres y adolescentes se ponen en fila india para recoger las redes y ver qué tesoros han quedado atrapados en ellas a lo largo del día. Ahí mismo, en la arena, disponen de cajas y cubos y realizan la selección de pescaditos que seguramente vayan a parar a alguno de los muchos restaurantes de pescado que hay en el pueblo. Mientras ellos trabajan y tiran de las pesadas cuerdas, los turistas se acercan a cotillear el panorama mientras se secan el agua de su último chapuzón.

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De mis paseos en bici recuerdo la sensación de vuelta a la infancia y sin duda el descubrimiento maravilloso de que pedalear me inspira de una manera que yo misma desconocía hasta ese momento. Sudando la gota gota de camino al pueblo mi cabeza bullía con nuevas ideas, tan claras y nítidas como el paisaje que se abría ante mis ojos. O quizás esa ‘lucidez’ fuese también el resultado del aislamiento social que, voluntariamente,  tuve por esos tres días donde me dediqué a mis cosas, sin tener contacto con otros viajeros y por supuesto sin tener una televisión encendida que te absorba el cerebro.

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No me queda mucho más que añadir sobre Mui Ne. Creo que las fotos describen mucho mejor esos rincones con tanto encanto de este pueblecillo que sin tener nada especial, me dejó muy buenos momentos.

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2 Respuestas a “Mui Ne

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