En barco por el río Nam Ou

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Quien haya visitado Laos sabrá que ahí el tiempo se ralentiza y fluye a un nivel que no entiende de prisas, ni de horarios, ni de extranjeros exigentes que demandan puntualidad y cumplimiento de horarios. Las barcas que recorren el río Nam Ou en su ascenso o descenso a través de sus aguas, lo saben perfectamente porque hablan el idioma nacional: el de la lentitud y aquel que dice que un barco no tiene hora de salida, sino que sale cuando sale y llega cuando llega, ni antes ni después.

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Salí de la guest house con prisas y un elaborado croquis mental para salir con el tiempo suficiente de desayunar, comprar agua para llevar y llegar sin agobios para comprar el billete de la barca que me llevaría de Muang Khua a Nong Khiaw. Todas esas correderas se hicieron añicos cuando un hombre apoyado en un cuartucho hecho con cuatro tablas de madera a modo de billetería y unos horarios escritos a mano, me dijo que la barca salía más tarde, y siempre y cuando hubiera un mínimo de 5 personas. Con la misma parsimonia de su respuesta pero en un solo clic mental comprendí que a partir de entonces fluiría yo también a ese mismo ritmo.

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La barca salió cuando salió y cuando por fin lo hizo, el grupillo de locales que viajaban con sus bártulos metidos en coloridas bolsas a los que nos sumábamos un chico italiano y yo, y todas las chanclas de los que ahí estábamos, empezamos a dirigir nuestras miradas hacia todas partes porque el espectáculo había comenzado.

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El Nam Ou es el principal afluente de uno de los ríos más largos de Asia: el Mekong. Sus aguas marrones unen una hilera de aldeas, chozas, casuchas y corrales hechos con bambú de los que sale la gente a ver a las barcas pasar. Me gustaba especialmente ver correr y saltar a los niños que se dirigían hacia nosotros para montarse en la barca o para simplemente decirnos ‘adiós’ y también cómo la gente se mueve en su día a día en torno a ese caudal de agua.

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Recuerdo esas 5 horas que duró el trayecto como un colorido juego en el que se entremezclaban sin descanso los verdes más intensos de los árboles y la vegetación, el marrón del agua y de las chozas y el blanco grisáceo de las nubes que se empeñaban por competir en altura con las montañas. Es un paisaje sugerente y evocador a lo Gorilas en la Niebla donde el silencio solo muere con el ruidoso motor de las barcas que rompen la tranquilidad de las aguas.

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Sentados en los tablones de madera que hacen las veces de banco, todos los que íbamos en el barco mirábamos el paisaje con ojos distintos. Los locales, a parte de alguna mirada intrascendente y casual propia de quien ya se conoce lo que hay como la palma de su mano, pasaban el tiempo encendiendo algún cigarro, charlando o tejiendo una prenda que había nacido hacía poco. El chico italiano y yo apuntábamos la cámara aquí y allá, capturando esos instantes tan cotidianos y carentes de toda importancia para los locales, pero que a nosotros nos resultaban de lo más revelador.

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En un momento dado y como si alguien invisible para mi hubiese dicho que era la hora de comer, la gente local empezó a abrir bolsas y a sacar de sus hatillos la comida, consistente principalmente en sticky rice (arroz pegasoso) y lo que a mi me pareció un pescado crudo adobado en una salsa. La mujer que tejía me invitó a una bolita de arroz y también a un trozo de pescado.

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Después de la comida, la misma persona invisible debió de decidir que era la hora de la siesta porque a todo el mundo pareció entrarle sueño. El suelo del barco que hasta hace poco había servido de mesa se convirtió en una cama improvisada llena de cuerpos semi tumbados con posturas imposibles. El silencio de alguna que otra conversión se rompió de golpe para acunar algún que otro ronquido ocasional.

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Yo mientras, sopesando qué podía más si el sueño, la incomodidad de estar sentada por tanto tiempo en esa tabla de madera casi casi a ras de suelo o mis ganas por sacar fotos, decidí seguir buscando momentos y detalles cotidianos desperdigados por el río.

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Descubrí a varios pescadores solitarios lanzando sus redes al agua para pescar algún pez; distinguí también la silueta de alguna que otra mujer lavando a la orilla coloridas camisetillas y pantalones de los que serían sus hijos.

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Me pregunté cómo sería la vida en aquellas cabañas que parecían a punto de caerse con el menor soplido del lobo, una vida sin agua corriente ni electricidad, y donde el poder de esa naturaleza tan envolvente convierte a las personas en minúsculos puntos de color para las que el paso de las barcas son un motivo de distracción.

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Llegamos cuando llegamos a Nong Khiaw, ni antes ni después. Pero tuve la sensación al acabar ese recorrido de que entendía mejor al país en el que me encontraba y también a su gente, como alguien que ha hecho los deberes y se ha informado de algo para comprenderlo mejor. Ya no me hacía falta mirar el reloj: estaba en Laos, el país que escucha crecer el arroz (eso suelen decir de Laos).

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