Luang Prabang

 

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Luang Prabang es de esos lugares señoriales, cómodos, coquetos y con historia, esos en los que te quedarías días y días recargando pilas y disfrutando de paseos cortos interrumpidos a veces por coloridos y refrescantes batidos de fruta natural.

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Rodeada por los marrones cauces de los ríos Mekong y Nam Khan y por ese verde apiñado y frondoso propio de la naturaleza caótica y salvaje de Laos, Luang Prabang conserva el encanto de una arquitectura colonial francesa que rememora tiempos mejores a la sombra de árboles en flor y calles tranquilas por las que darse una vuelta en bici va incluido en el kit.

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Después de pasar unos días en el norte de Laos donde mis pies serpentearon el barro de los caminos de tierra y se habituaron a las subidas y bajadas emparejadas a cualquier visita de cualquier cueva del lugar, llegué a una Luang Prabang gris y lluviosa que se preparaba ya para albergar su famoso mercado nocturno.

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El mercado es una procesión de puestos callejeros situados en una de las principales calles de la pequeña ciudad. Después de ver un par de ellos uno se da cuenta de que, como en el resto de Asia, este no deja de ser uno de esos mercados donde cada 4 o 5 puestos se repite lo que se vende. Son los mismos pañuelos, los mismos farolillos, el mismo paripé que supone el juego del regateo donde para comprar cualquier cosa se necesita tiempo, paciencia y en algunos casos hasta humor.

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Muy cerca del mercado hay una calle llena de puestecillos de colorida comida donde es posible llenar el estómago por poco dinero y gracias a mesas repletas con noodles, arroz, verduras y todas las posibles combinaciones que surjan entre ellos. La gran sorpresa que me llevé fue la de unas sabrosas brochetas de pollo pinzadas en un palo de bambú. Después de tantos días comiendo lo mismo aquella pechuga me supo a gloria, todo un manjar que ni siquiera perdió puntos cuando vi el cubo vacío donde guardaban todas las demás brochetas que no habían vendido para el día siguiente.

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El día en Luang Prabang empieza muy temprano. Los monjes de todas las pagodas que hay en la ciudad salen en procesión entre las 5 y 6 de la mañana para pedir comida a la gente con la que llenar sus cuencos. Es un ritual muy antiguo, común en todo Asia, aunque aquí es especialmente significativo e importante. Antes de que las túnicas naranjas chillonas empiecen a recorrer las baldosas de las aceras con sus pies descalzos, los vendedores de frutas, hortalizas y demás alimentos empiezan a sacar la mercancía y a prepararse para lo que será otro nuevo día de mercado.

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El amanecer no entiende de relojes, sino de rutinas aprendidas donde cada uno realiza su papel, como un Portal de Belén donde cada persona se sitúa detrás de una mesa desde donde cortar y vender carne, o despachar manojos de ramilletes de verdura que pronto servirán para preparar deliciosas sopas de noodles, o colocar todos y cada uno de los pescados secos que rezuman cierto olor nauseabundo para un olfato como el mío que lanza quejosos gruñidos porque para según que olores es demasiado temprano.

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Cuando llega el momento de dar de comer a los monjes, todos, tanto los que reciben como los que dan, se sitúan en una silenciosa fila que se mueve a un ritmo lento pero sin pausa. Para los monjes todo lo que reciben se convierte en lo que se llevarán a la boca; para los que dan significa ejercer una buena acción que les permitirá tener mejor karma en las vidas futuras.

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Una vez que los monjes se van a sus respectivos templos y pagodas para comenzar las tareas del día, las tranquilas calles pasan a ocupar todo el protagonismo ante la curiosidad de mis ojos. Hay cafeterías que anuncian en grandes pizarras que tienen espressos y capuccinos, luciendo con orgullo su reluciente máquina profesional tan apreciada por estos lugares del mundo.

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También y a mi pesar, hay una infinidad de agencias que anuncian y venden excursiones a lomos de elefantes, como si la visita a esa región no fuese completa si uno no se sube a uno de ellos. Las calles están decoradas de árboles en flor que regalan un poco de sombra cuando aprieta más el calor. Las casas coloniales de una altura lucen coloridas persianas de madera en tono pastel en las que el paso del tiempo han ido rascando lascas de pintura hasta lucir varios colores.

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Algunas de estas casas se han convertido en coquetos hoteles que en su conjunto me recordaban a los de la ciudad colonial de Fort Kochi, en el estado de Kerala, India. Pero sin duda alguna los verdaderos protagonistas de Luang Prabang son los templos y pagodas que regalan a diestro y siniestro coloridos rincones a juego con el naranja intenso de las túnicas de los monjes que se secan en las balconadas.

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Mientras paseaba con un amigo por las calles en una tranquila tarde de sol, me entretenía fisgoneando los recintos de las pagodas, compuestos casi siempre por la casa en la que viven los monjes, el templo, el patio, alguna que otra estupa o monumento funerario y como no, la estatua de un majestuoso Buda rodeado de todo tipo de ofrendas.

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Me preguntaba cómo sería la vida en un mundo tan diferente al mío, donde la comida se tiene que pedir cada mañana; un mundo donde el fondo de armario solo entiende de naranja, los zapatos se relegan a unos pies descalzos, las cabezas se rasuran al mínimo y donde la individualidad da paso a la unión grupal de los monjes y novicios que guardan silencio, ayuno y costumbres tan arraigadas como las propias enseñanzas de Siddhartha Gautama.

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