Vientiane

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Vientiane (que no Vietnam), es la capital de Laos. Después de haber pasado unos días en el norte, rodeada de tranquilidad y naturaleza, llegar a esta ciudad supuso la vuelta al ruido, a los conductores de tuk tuk poniéndose un tanto pesados y a esa sensación de estar en un lugar grande del que uno no se aprende el camino hacia la guest house así como así.

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Vientiane no me pareció tan caótica como otras ciudades asiáticas y en ella se combinan la viveza de los puestos de la calle típicos de Asia con pintorescos rincones donde un zapatero arregla desgastados zapatos en plena acera, y la personalidad y elegancia de edificios importantes que son en su mayoría embajadas y ONG’s internacionales. Bajo un cielo que amenazaba con ponerse a llover decidí empezar a explorar algunas de las principales avenidas siguiendo descoloridos caminos de baldosas que vieron días mejores.

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Del Palacio Presidencial donde un grupo de guardias vigilan la zona nace una ancha calle donde se sitúan algunos de los edificios más emblemáticos de la ciudad. Mientras subía y bajaba la acera esquivando puestos de vendedores y coches y motos aparcados en ella me fijaba en el contraste tan importante con algunos coches más lujosos, pertenecientes sin duda a la gente extranjera con cargos políticos y administrativos.

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Paso a paso fui llegando al Patuxai, conocido también como el Arco del Triunfo de Vientiane. En un intento por asemejarse a París o a cualquier otra ciudad europea, la plaza adoquinada contaba con un pequeño parque, una fuente y algunos bancos en los que varias personas charlaban mientras saboreaban un helado. Al lado, unos niños de distintas edades hacían una carrera y varias parejas de enamorados se hacían algún que otro arrumaco bastante ligero mientras cientos de coches abrazaban la plaza a su paso por allí.

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Si bien es cierto que Vientiane no me pareció gran cosa, disfruté mucho haciendo fotos a algunos de los elementos más representativos de Laos: Vi algunas de las pagodas más bonitas del país, disfruté con las bolsas de plástico enganchadas a los ejes de un ventilador a modo de espanta moscas de los puestos de comida, y aprendí algunos de los capítulos de Buda a través de los murales pintados en los templos más importantes.

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Una de las razones por las que me gusta viajar es la de conocer la historia de países cuyo pasado permanece oculto para mi. Pisar Laos y familiarizarme con su cultura y su gente supuso la apertura de una caja desconocida hasta entonces, compuesta por una guerra secreta por parte de la CIA durante la guerra de Vietnam. Durante esos años de barbarie y sin razón Laos fue bombardeado cada ocho minutos por aviones estadounidenses, los cuales lanzaban aquí los misiles porque de lo contrario no podían aterrizar. La consecuencia de esta guerra oculta, sangrienta e injusta, como todas las guerras, se ceba en el elevado número de personas (más de 20.000) que han perdido la vida o han sido mutiladas a lo largo de todos estos años debido a las minas anti persona que todavía hoy pueblan el territorio de Laos.

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La sede de COPE, en Vientiane, es un centro que ofrece ayuda en forma de prótesis a todas aquellas personas que han perdido las extremidades por culpa de haber pisado una tierra envenenada con restos de fusilaje. Caminar por el centro, leer los carteles informativos, ver las piernas ortopédicas que se han utilizado para ayudar a la gente y oír algunos testimonios de las víctimas le llena a uno de pena, y sobre todo de preguntas que lastimosamente, nunca alcanzan a tener respuesta.

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Mientras recorría la sede de COPE mi cabeza se llenaba de interrogantes que apenas acallaban el silencio del lugar. Pensaba en que en una guerra, e independientemente del bando en el que se luche, el resultado siempre es el de una pérdida donde el mundo deja de ser menos mundo y la humanidad deja de ser menos humana para convertirse en un territorio inseguro, inerte y peligroso donde un paso en falso puede significar el adiós a un hijo.

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Si comento todo esto con algo más de detalle a lo que acostumbro en mis descripciones, es porque realmente me impresionó ver la cantidad de objetos de la vida diaria que se construyeron con los restos de fusilaje y ver cómo a día de hoy se siguen utilizando. Barcas, remos, cubos, bancos, mesas y escaleras hechas con trozos de misiles son el legado de los cerca de 2 millones de toneladas de munición que se lanzaron en Laos entre 1964 y 1973 durante la guerra de Vietnam.

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Vientiane también tiene otra parte mucho más alegre, la de su paseo peatonal en el parque Chao Anouvong al lado del río Mekong y desde donde Tailandia y Laos se dan la mano de tan cerca que están. Allí, cada atardecer se llena de familias, parejas, grupos de amigos y deportistas que se juntan para recorrer esa especie de paseo marítimo convertido en escaparate de la sociedad. También había varios grupos bastante numerosos formados sobre todo por mujeres que, embutidas en mallas negras y coloridas camisetas hacían aerobic siguiendo los movimientos de un profesor subido en una tarima al son de ritmos zumberos.

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En el paseo y mientras un sol rosado descendía hasta besar el horizonte, yo me entretenía haciendo fotos a todos esos grupos tan heterogéneos entre sí y en los que se colaba de vez en cuando alguna que otra camiseta del Real Madrid o del Barcelona que algún chavalín lucía con orgullo y satisfacción.

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Gastronómicamente hablando, Vientiane no me desencantó. Allí degusté una riquísima pizza que hacía tiempo mi estómago pedía a gritos y también los famosos bocadillos laosianos, hechos de paté y vegetales, y cuyo autor elaboraba a una velocidad pasmosa junto a la estación de autobuses.

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Las veces en las que me agarró la lluvia aproveché para sentarme en algún puesto callejero a beber café con leche condensada y hielo, leer y contemplar el panorama que me rodeaba, sumida en esa especie de letargo que produce el agua al caer. Mientras yo me infiltraba entre las líneas de texto de mi libro electrónico una mujer al lado del puesto en el que estaba se recostaba en una cama, sumida como yo en sus pensamientos, esperando a que pasase la lluvia.

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Me encantaban esos momentos de paz, esos rincones de descanso forzados, impulsados por el deseo de no empaparse mientras cae el chaparrón de turno. Eran momentos en los que mi mundo se paraba y giraba en torno a una cortina de agua y en los que me movía al compás del país que oye crecer al arroz. Y es que la vida sin prisas, se vive mejor.

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