Savannakhet

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No mucha gente se para en Savannakhet. Lo pude comprobar en cuanto puse los pies en este tranquilo pueblo del centro de Laos, a eso de las 6 de la mañana, cuando la gente todavía no había amanecido y era difícil encontrar un lugar abierto para tomar un café. En esos primeros minutos sabía que no me había equivocado al elegir ese sitio. Necesitaba pasar unos días conmigo misma, disfrutando de la lectura de un buen libro, sin demasiados planes ni listas cargadas de ‘hay que visitar esto y aquello’, y Savannakhet me vino como anillo al dedo.

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En términos de si me gustó o no he de decir que me esperaba un poco más. Había leído en alguno de los blogs que uso como referencia que este pequeño rincón colonial de Laos había hecho las delicias de sus autores. Quizás fui con demasiadas expectativas. Quizás esperaba encontrarme con algo mucho más colonial, con aires de un pasado dorado y pintoresco todavía aún palpitantes y cargados de recuerdos.

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El grupito de calles que componen el centro de Savannakhet cuentan con algún caserón de por entonces, tan maltrechos y envejecidos que ya han pasado con mucho el calificativo de decadente. Los bajos de las casas en su mayoría permanecían cerrados y durante el par de días que me quedé nunca vi demasiada gente.

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Aún así había un par de rincones más alegres y un poco más concurridos. Uno era la calle del colegio, al lado de la iglesia católica, donde una escuela chillona y cantarina dejaba escapar por sus ventanas abiertas el coro infantil propio de donde hay niños. En esa misma calle había también varios puestos de snacks y refrescos donde los corros que se formaban daban más vida a la zona y uno no tenía la sensación de estar en un lugar muerto en vida.

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El otro rincón con encanto se encontraba a la orilla del río Mekong donde cada tarde las terrazas de los puestos a modo de bar llenaban sus mesas con familias y parejas que veían caer el sol mientras se tomaban una cerveza Lao y comían pinchos de pescado. Esa estampa me hacía acordar del ambiente de terrazas en España. Salvando obviamente las distancias, ambos lugares comparten esa magia especial del día donde la gente se relaja y sale a la calle para socializar y charlar con amigos y familia. Al acordarme de las terrazas de Madrid no pude dejar de sentir una punzada de soledad donde por primera vez palpé la enorme distancia que me separaba de los míos.

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Siempre recordaré Savannakhet como un punto del planeta que hubiese decidido permanecer ajeno a la evolución y al paso del tiempo, anclado en el pasado. Lo recordaré como un pequeño pueblo en el que hasta las galletas Oreo estaban rancias y donde los días transcurrían a través de paseos donde no había mucho que ver.

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Del resultado de ese silencio como consecuencia de la falta de propuestas turísticas por no conducir una moto, nació una de las reflexiones más interesantes que me planteó el viaje. No sé bien cómo surgió ni cuándo empecé a pensar en las consecuencias del turismo para el planeta, ni de si nos estábamos cargando el mundo o no. El caso es que perdida en mis pensamientos y en la cercanía de una pagoda me puse a divagar sobre estos temas, o mejor dicho, estos temas empezaron a divagarme y a llenarme la mente de pensamientos un tanto melancólicos. Puedes leer esa reflexión leyendo la entrada de mundo sostenible que publiqué hace unos meses.

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A día de hoy sigo sin tener claro si me gustó Savannakhet o no. Pero lo que sí puedo decir es que a veces cuando uno viaja solo necesita pasar unos días en silencio y sin demasiadas distracciones que le permitan parar un poco y verse a sí mismo; reconocer en qué punto se encuentra del viaje y añorar aquello que está más lejos para así valorar eso que en la vida tantas veces damos por hecho. Fueron reflexiones existenciales que encontraron en los batidos de fruta natural a sus perfectos aliados y que me permitieron continuar hacia mi siguiente destino como quien ha hecho los deberes y está listo para salir.

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