Si Phan Don (las 4000 islas)

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Si Phan Don, o lo que es lo mismo, la zona de las 4000 islas al sur de Laos, fue la última parada en este país que encabezaría la lista como uno de los más verdes que he visitado. Hacía tiempo que me había dejado engatusar por ese ritmo de vida laosiano, más lento y sosegado, pero sabía que dirigirme hacia esta zona supondría plantarme en el no va más de la tranquilidad, donde los días pasan al ritmo de suaves contoneos de las hamacas que se encuentran en cada una de las terrazas de muchas guesthouses o albergues.

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Las 4000 islas no son islas aisladas como tal, sino el resultado que provoca el caudaloso Mekong a su paso por el sur del país. Sus aguas fueron separando trozos de tierra y formado distintas islas dando lugar a uno de los destinos más famosos de Laos, especialmente popular entre los mochileros que buscan algo de fiesta y los que preferimos la tranquilidad de un libro y un paseo en bici.

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Como ya me había pasado anteriormente en Tam Coc, Vietnam, en esta ocasión fui también la única pasajera que se bajó del autobús en la parada más cercana a Don Khong que es la isla más grande de todas. Animada por este hecho que para mi era ya una señal inconfundible de que me iba a gustar el lugar, esperé pacientemente a que llegaran otras 3 o 4 personas más para hacer más bulto en la barca que nos cruzaría hacia el otro lado del río.

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Don Khong, con sus 18 km de largo y 8 de ancho, es un reducto de tranquilos caminos que recorren y bordean la isla de norte a sur, convirtiendo el recorrido en una tranquila procesión desde la cual contemplar la belleza de la vida laosiana. Hay casas de madera y bambú derramadas por los laterales de las sendas y a veces se forman grupitos que ni siquiera podrían llevar la etiqueta de aldea. La gente vive con lo justo y ya desde fuera se puede observar lo poco que tienen, algo que resalta aún más el hecho de que muchas de estas cabañitas que parecen de juguete luzcan a la entrada enormes antenas parabólicas. Porque si hay algo al que un asiático le cuesta decir que no es a la tele.

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El marrón gastado de las casas se adorna con los vivos colores de la colada recién hecha, esa que absorbe el sol cuando toca y la que nadie retira cuando se pone a llover: si se moja de nuevo, ya se secará. En las enclenques construcciones es habitual encontrase a grupos de niños jugando en corro, los cuales no dudaban en echar a correr para salir a saludarnos cuando una amiga y yo pasábamos por ahí en bici.

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Nunca se me olvidará la vez en la que se me salió la cadena de la bici de camino a la guesthouse. Maldiciendo todo porque quería llegar a tiempo para despedirme de una amiga y me quedaban aún unos kilómetros para llegar, empecé a caminar por la solitaria carretera. En un momento dado un grupo de niños sentados en la entrada de una casa empezaron a correr hacia mi. En un principio se situaron detrás de la bici ayudándome a empujarla. De pronto, el que parecía ser el cabecilla de todos con cara de travieso y unas cuantas heridas, se paró en seco y como dando instrucciones inaudibles al resto cada uno se colocó a ambos lados de la bici. Fue entonces cuando sus manitas comenzaron a moverse y a meterse por los engranajes de la bici con una pasmosa convicción de saber lo que estaba haciendo, como un mecánico que llevase años de experiencia en un taller de barrio. Yo, mientras, de pie y sujetando el manillar, contemplaba todo aquello con la boca abierta y robando un par de fotografías a esa cuadrilla que casi me hizo llorar. Poniéndose de pie y limpiándose las manos en aquella diminuta camiseta el niño me indicó que ya estaba arreglada y después de chocar los 5 con todos desaparecieron tal y como llegaron.

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Pero en Don Khong hay algo más que alegres niños, carreteras prácticamente intransitadas y humildes casas. Hay espesos y verdes pasillos de palmeras y otros árboles que tiñen de color la ribera del río; hay barcas de pescadores que salen a lanzar las redes a última hora del día pero sin dejar que el sol se les escape; hay megáfonos situados en algunos postes de luz que lanzan mensajes acompañados de música estridente y que envuelven al ambiente de un cierto aire comunista (nunca llegué a saber qué decían). Y hay una luz que envuelve cada atardecer en paisajes brillantes y dorados donde el agua del Mekong parece unirse al tempo de esa isla pachorrona donde uno se acuesta pronto porque no hay nada mejor que hacer.

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Don Det, más pequeña que la anterior, es otra de las islas más populares de Si Phan Don. Al igual que su vecina, ofrece una tranquilidad que engancha desde el principio y hace que a uno se le haga difícil mover ficha. Hay restaurantes de estar por casa con hamacas y colchones en el suelo y una calle principal en la que todo está a mano y donde se alquilan bicicletas para recorrer sus verdes y anegadas plantaciones de arroz.

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La tranquilidad y la cotidianidad del día a día laosiano confluye en Don Det de la misma manera que hace su acto de presencia en Don Khong. Pedalear las maltrechas bicis que iba alquilando me ofrecía pasillos cargados de vegetación donde en ocasiones iba yo sola. Era una especie de Verano Azul donde es posible perderse por caminos de tierra que conducen a enormes cascadas como la de Li Phi, donde el torrente de agua abre la tierra y consigue pasar rápida y desordenada por un terreno que ya hace tiempo se resquebró.

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La gente trabaja en las plantaciones de arroz mientras cargan con los bebés a la espalda y los búfalos de agua se sumergen en el frescor de los charcos de agua que cubren gran parte del terreno bajo su manto.

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La guinda del pastel durante esos días fue la hamaca colocada en la terraza de la cabañita donde me alojaba, la cual formaba un tándem perfecto con mi libro electrónico y un ocasional batido de coco natural que hicieron las delicias de mis días allí.

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