Mundo sostenible

Cuando monto en bici me da por pensar. Creo que debe de tener algo que ver con el hecho de estar subida en un sillín, a modo de pedestal, recorriendo la vida en la calle y viendo a las gentes en su trajín diario. Como quien se sienta en un cómodo sillón para ver la tele, acoplarme en la bici y darle al pedaleo me abre una caja que al contrario de ser muy tonta, es la más sabia de todas, y la que muestra el mundo tal y como se despliega cada día.

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Lo cierto es que últimamente le vengo dando al coco más de la cuenta. Serán los 9 meses viajando, o el contraste tan bestia en el que me he metido juntando India con Australia y Nueva Zelanda para después volver a la locura de Asia. Será también que acabo de leer el fabuloso libro de Alberto Vázquez Figueroa, África llora, o quizás sea el hecho de que me encuentro en Laos, apodado también ‘el país del millón de elefantes’ cuando la realidad es que la mayoría de ellos viven amarrados en cadenas, cargando en sus lomos con turistas a los que aquello del maltrato animal les debe de sonar a chino como poco. Todo ese batiburrillo de ideas y pensamientos decidieron ponerse de acuerdo y hacerse oír una tarde en la que paseaba por las calles de la tranquila, casi desértica Savannakhet. Algo con sabor amargo y con unas gotitas de tristeza se asomaba por la esquina.

Viajar es impresionante, un constante nacimiento que te lleva a rincones desconocidos, no ya solo los de fuera sino, y aún más importante, los de dentro. La duda me viene cuando pienso en todo ese turismo que se mueve en masa, que solo para en aquellos lugares que una guía ascendida a la categoría de biblia, propone, y que solo se relacionan entre ellos. Ese turismo hueco, carente de cualquier inquietud cultural, histórica o incluso gastronómica que un lugar puede ofrecer. Aquel que busca pizza y pasta allá donde va y que luego presume de que ha estado en tal o cual sitio. Ese turismo que se monta en un elefante y en todo lo ‘montable’, porque así lo dice la guía-biblia, porque es lo que hace todo el mundo. Y lo peor de todo, aquel que ni siquiera mira el rastro que está dejando tras de sí.

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Y yo me pregunto con respecto a algo tan abstracto como eso llamado ‘conciencia global’ (si es que eso existe): ‘¿hay alguien ahí?’ ‘¿Hay alguien que piense que su huella puede ser lo suficientemente grande o pequeña como dañar/modificar/distorsionar una realidad?’ Solo lo pregunto porque a veces me asusta el hecho de ver cómo las personas actuamos (por supuesto que me incluyo) sin importarnos lo más mínimo el impacto que estamos generando. Y lo peor es que muchas veces ni siquiera nos lo planteamos, o le pasamos el ‘marrón’ al siguiente: que se preocupe otro.

Me encanta viajar, pero el otro día me planteé seriamente si acaso con todo este movimiento no nos estamos cargando el mundo. Con pueblos convertidos en gigantes mercadillos de crepes, pizzas y souvenirs, con sitios donde todavía no ha llegado el turismo y que a los que como yo, huimos de los tours programados y amamos lo local, nos supone haber encontrado un escondite secreto (y por tanto también lo empezamos a modificar…). Con animales puestos al servicio no ya del hombre sino convertidos en monos de feria cuando en realidad con lo que deben de soñar es con una amplia sabana por la que correr en libertad, lejos de los latigazos de un dueño que solo ve el símbolo del dólar en los ojos del que acude.

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Desarrollo sostenible. Una vida sostenible. Un deseo para que las futuras generaciones puedan contemplar las maravillas de este planeta. Un turismo responsable en el que seamos conscientes del impacto que ejercemos en todo lo que pisamos, tocamos y en definitiva, respiramos. Una curiosidad sana por conocer lo que nos rodea y lo que está más allá pero practicada desde el respeto al otro porque el otro también soy yo.

En todo eso pensaba cuando mis pies me llevaron a una de las  pagodas que hay en Savannakhet. A la salida del templo, en una calle silenciosa y tranquila, había un imponente árbol cuyo tronco estaba lleno de cintas de colores. A sus pies, una multitud de estatuas de Buda, elefantes, muñequillos, dioses y diosas, gallos y palos de humeante incienso custodiaban las plegarias de todos aquellos que acudían al árbol para decir su oración, o pedir un deseo, o vaya usted a saber. En aquel rincón del mundo, y en un gesto espontáneo y nacido de ese batiburrillo existencial, agarré un palo de incienso que estaba en el suelo. A mi lado, un hombre que ya había hecho su ofrenda, me regaló otro incienso y el fuego de un mechero roto.

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No sabría decir muy bien si aquel acto espontáneo fue un deseo, o una súplica o una ofrenda a lo que a mi se me antojó como ‘el árbol de la vida’ por tantas figurillas como tenía. El caso es que ahí, en esa tranquila y silenciosa calle, coloqué mis dos barritas de incienso. Por la gente buena, por los animales, porque seamos conscientes de que transformamos aquello que pisamos, porque ojalá me equivoque y todo esto sea solo un miedo infundado y distorsionado de una realidad mucho más linda. Porque así lo entendamos y por tanto, actuemos en consecuencia.

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