Bangkok

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Si alguien me preguntase que qué es para mi Bangkok o a qué lo asocio esto es lo que le diría: calor pegajoso, aceras llenas de puestos de comida, gentío y ciudad que nunca duerme. Estuve en Bangkok algo así como cuatro veces ya que es el punto de conexión de la zona norte y sur del país así como con el resto de países vecinos. Pero lo cierto es que a pesar de que estuve un buen puñado de días no puedo decir que conozca la ciudad al dedillo o tanto como a mi me hubiese gustado. Es lo que pasa cuando llegas a una ciudad grande cansada de un interminable trayecto en bus desde Camboya, o cuando tienes que hacer las últimas compras antes de coger el avión que te llevará de vuelta a Europa, o cuando siempre hace un calor que te aplatana dejándote las energías justas para hacer lo mínimo.

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Bangkok posee verdaderas joyas arquitectónicas, como todo el complejo que forma el Gran Palacio y que hace que te vayas parando en cada detalle de sus pinturas, en la calidad de la decoración de los edificios, en el colorido que lo inunda todo, en la iconografía budista del templo principal y en cómo los tailandeses hacen ofrendas mientras pegan trocitos finos de oro puro en las estatuas de Buda.

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En Bangkok no hay espacios grandes sin nada construido (o por lo menos yo no los vi). Hay tal cantidad de edificios altos, casas bajas, rascacielos, tiendas, puestos callejeros y centros comerciales que muchas de las carreteras para entrar y salir de la ciudad están construidas en el aire a modo de viaductos. Ver los coches circulando por varios niveles me hacía recordar a películas donde muestran ciudades del futuro, algo así como la de El quinto elemento pero a lo asiático.

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Bangkok también tiene un enorme río, el Chao Phraya, gracias al cual es posible montarse en uno de sus barcos de línea e ir recorriendo otros puntos de la ciudad sin tener que soportar el tráfico ni la contaminación. Subida en uno de ellos y mientras uno de los hombres que controlaban a la gente silbaba con todas sus fuerzas un relamido pito, no pude evitar hacer la comparación con el río de otra ciudad situada muy lejos de allí. Viendo los puentes metálicos y ese tenue sol que dibujaba vagas sombras en el río no pude evitar acordarme de Londres y su arteria principal, el Támesis.

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Creo que lo que más me llamó la atención de esta ciudad fue ver hasta qué punto las aceras quedan relegadas a enormes pasillos de comida para llevar. Sencillamente, Bangkok es para mi la ciudad de los puestos de comida en la calle. Es impresionante ver cómo se solapan entre ellos haciendo que ni siquiera haya espacio para cruzarlos y caminar por la carretera y así poder avanzar. Venden y preparan de todo y prácticamente a cualquier hora del día. Ya desde las 6 de la mañana las calles huelen a pescado, a carne, a café recién hecho y a pollo frito. Es imposible pasar hambre en esa ciudad o estar sin comer más de dos horas porque todo (o casi todo) es demasiado apetecible. Jugosos trocitos de sandía y de mango listos para comer, refrescante agua hecha de coco, lima y otras frutas tropicales. Eso por no hablar de los cocos naturales expuestos en filas que parecían decirme ‘bébeme’.

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El inmenso barrio chino de Bangkok fue una de las cosas que más me sorprendió por la cantidad de cosas que venden. Sinceramente creo que lo que no se encuentre allí es que no existe. Hay tiendas dedicadas a Hello Kitty o en las que Doraemon es el rey indiscutible del sarao. Hay galerías y pasillos enteros dedicados a la bisutería más brillante y con más perlas falsas que uno pueda imaginar. Hay relojes, bolsos, camisetas y carteras de imitación. Hay tiendas tan juntas que acaban creando estrechos pasillos por los que pasa el ruidoso gentío a la búsqueda de las mejores gangas.

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En cuanto a compras se refiere Bangkok se lleva la palma. Además de su colorín China Town, se celebra el mercado más grande de toda Asia, el Chatuchak market, donde cada fin de semana locales y sobre todo turistas acuden con sus billeteras llenas de bahts dispuestos a sacar sus mejores dotes de regateo. En varios puntos del mercado es posible conseguir mapas del mercado para poder ubicarse y tratar de ir al grano con respecto a lo que uno quiere comprar.

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La zona turística y mochilera de Bangkok se concentra alrededor de la calle Khao San Road, un rosario de tiendas de tatuajes, souvenirs, bares para ingleses, puestos de spring rolls y Pad Thai, zumos de frutas, agencias de viaje, hoteles, guest houses, tiendas 7eleven y algo así como cientos de sitios ofreciendo masaje tailandés. Aunque no sea plato de gusto de todo el mundo, recomiendo pasar aunque sea solo una noche en Khao San Road. Cuando baja el sol y hasta bien entrada la mañana del día siguiente, esa calle se trasforma en todo un escaparate surrealista como pocas otras calles en el mundo.

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Además de la cantidad de gente que llega a transitar por ahí a determinadas horas, es posible ver a vendedores de escorpiones comestibles que los ofrecen como si de un trozo de pan se tratase, a cocineros que sudan la gota gorda salteando noodles en planchas calientes, a grupos de música tocando a modo de orquesta de pueblo en distintos bares, a lady boys (transexuales) dándolo todo al ritmo de la música y buscando conquistar a algún inglés borracho, a parejas paseando tranquilamente de la mano, a mochileros cargados hasta las cejas que acaban de llegar con el autobús y buscan desorientados un sitio para dormir, a mujeres ofreciéndote un masaje, a grupos de tailandeses y extranjeros que se pelean e insultan, a gente ofreciéndote droga y así hasta un sinfín de variedades del género humano.

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Siempre me acordaré de mi última noche del viaje allí en Khao San Road estando con unos amigos. Estábamos escuchando música electrónica en un bar con una decoración similar a la de un patio andaluz mientras a nuestro lado un grupo de lady boys se meneaban al ritmo de las canciones y trataban de engatusar a un chico que hacía tiempo dejó de estar en sus cabales y mientras a dos metros un grupo de personas disfrutaban de un masaje de pies en la misma calle. Era todo demasiado surrealista como para querer perdérmelo yéndome a la habitación y tratar de dormir mis últimas horas en Asia.

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No quisiera acabar esta entrada sin incluir un consejo gastronómico. De todos los Pad Thai que probé en Tailandia el que más me gustó fue el del puesto callejero de comida Jojo’s, en Khao San Road. Además de servir unas porciones enormes y poder echarte tú mismo el cacahuete que quieras por encima (es todo un plus), fue el mejor que comí y creo que no era la única en pensarlo porque alguna que otra vez el hombre se quedó sin noodles de tantos Pad Thai que había vendido. Todo una delicia.

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