Yangon

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Aterrizar en Yangon me supuso algo así como un shock imprevisto y totalmente inesperado del que me costó un par de días recuperarme. Y no lo digo en un sentido negativo con respecto a la ciudad. Fue simplemente que pasé de habituarme a la modernidad de Tailandia, su variedad de comida, sus fiestecillas nocturnas en las playas de Koh Tao rodeada de mi perenne grupo de amigos, a la sensación de retroceder en el tiempo y la pérdida de ciertas condiciones de comodidad. Sentí, por así decirlo, pereza de empezar a descubrir un lugar.

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Pero que nadie crea que voy a hablar mal de Yangon o de la actual Myanmar, antigua Birmania, sino todo lo contrario. Este proceso de habituación duró solo un par de días y dio lugar a algo maravilloso: el descubrimiento de un país increíble con gente de amplia sonrisa dispuesta a compartir contigo y a ofrecerte lo que tienen, mucho menos turístico que sus vecinos (de momento), y con unos paisajes cargados de color y rebosantes de vida.

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La llegada a Yangon fue como montarse en una máquina del tiempo. En el trayecto del aeropuerto al centro de la ciudad, montada en un autobús con bancos de madera y estructura cochambrosa, empezaba a hacerme una idea de cómo era la vida en el país al que acababa de llegar. Todo lo que veía, a excepción de los vehículos, me hacía sentir como si estuviese observando una estampa de principios del siglo XX.

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Los puestos de comida en la calle con sus cacharros y sus fogatas, sus vendedores ambulantes, algunos carros tirados por animales. Esos carteles de los negocios escritos a mano o construidos de forma rudimentaria, sin ninguna tecnología más allá de herramientas manuales. Mesitas con teléfonos enchufados en algún portal cercano con gente esperando a poder hacer una llamada, y jaulas con alborotadas gallinas esperando a ser desplumadas y vendidas.

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Las entradas de los pisos y de las guest houses, así como muchas tiendas son una copia exacta de algunas fotografías sacadas de los 60. Suelos de baldosas negras y blancas, muebles de madera, mostradores sin ninguna máquina registradora más que un cajón con el dinero y un cuaderno para apuntar. Yangon tiene un encanto particular, mezcla del legado inglés en forma de decadentes edificios coloniales con algunos más modernos y avanzados que prueban que aunque a un ritmo de tortuga, Mynamar se está empezando a abrir a empresas extranjeras y a grandes firmas.

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Yangon también alberga una comunidad india bastante importante ya que muchas personas que habitan en la actualidad provienen y son descendientes de la India. Para mi sorpresa pude volver a degustar mis queridas parathas, ese pan indio aceitoso con sabor a croissant que tanto había echado de menos, y lo que me concedió un ansiado descanso de tanta sopa de noodles. También descubrí unos puestecillos de comida en los que solo preparaban un plato: riquísimos noodles mezclados con diferentes especias y mezclados a mano (a eso se le llama ‘let thoke’) y servido con un caldo con un sabor un tanto raro a parte.

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Al igual que en India, el té es importantísimo en Myanmar y hay casas de té por todas partes. Cualquier acera o rincón es ideal para tomar una azucarada taza, fumarse un cigarrillo (si eres hombre) y ver a la gente pasar. Son puestos de tamaño pin y pon, con sus sillitas azules y rojas y esas mesitas que se mueven a la primera que estiras un poco la pierna.

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Hay zonas más aseadas y arregladas como el parque que está la lado de la Sule Pagoda. Allí es muy fácil que te paren adolescentes birmanos y que te empiecen a preguntar de dónde vienes, a dónde vas y qué equipo de fútbol apoyas. Durante mis tres semanas en Myanmar tuve charlas muy agradables con gente que quería practicar su inglés y cuyas ganas por saber sobre lo que se extiende más allá de su país les lleva a preguntar a cualquier extranjero que pulula por ahí.

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Sin embargo y aunque para mi el principal reclamo de un lugar es su radiografía social, el mayor atractivo turístico de Yangon es la Shwedagon Pagoda, que es la más importante no solo de la ciudad sino de todo el país. El complejo dorado de estupas que imitan la forma de la hoja del árbol bajo el que el Buda se iluminó recibe cada día a miles de fieles y turistas que recorren con sus pies descalzos las dimensiones del recinto.

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Los días de lluvia no me permitieron ver el reflejo del oro que recubre los monumentos al sol, pero sí me ofreció una perspectiva que poco a poco iría cobrando más fuerza: la de que a pesar de la enorme pobreza que hay en Myanmar, la religión ocupa un papel fundamental en la gente tanto en tiempo como en el dinero destinado a ofrendas y a la compra de papelitos de oro puro para forrar los monumentos y figuras sagradas.

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Prueba de ello fue ver el altar sobre el que reposa un pelo sagrado de Buda en la Pagoda Botahtaung, algo así como una mini cueva de Ali Baba birmana llena de dinero, diamantes y otras piedras preciosas y sobre todo oro, mucho oro.

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En Yangón empecé a tener las primeras muestras de la generosidad de su gente, personas de las que aprendí el poder balsámico tan grande que puede tener una sonrisa y que espero que el turismo masivo no se lleve por delante. Allí mismo me enamoré además de los rasgos de los birmanos, su color de piel y esa capa de maquillaje que llevan las mujeres y los niños llamada thanaka.

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Disfrutaba viendo la gran cantidad de vendedores que hay y el esmero con el que preparan las hojas de betel para mascar, o cómo cortan la fruta, o cómo pasan el té de un cacharro a otro para que aumente su sabor. Volvía a estar en un país de rincones, de esos en los que la belleza de cada pequeña acción o recoveco transmite una emoción y un recuerdo tan permanente y tan profundo que ni el tiempo ni la distancia son capaces de borrar. Bienvenidos a Myanmar.

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