En tren por Myanmar (y viaducto Goteik)

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Cualquier persona que viaje a Myanmar tiene que hacer algún trayecto en tren. Aunque solo sea uno, aunque solo sea por un par de horas. Es una experiencia única que en algunos aspectos me recordaba a la vivida en los trenes de India por eso de no saber qué iba a deparar cada trayecto.

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En la entrada anterior contaba cómo los primeros días me resultó un poco difícil adaptarme a Myanmar después de haber dejado atrás la comodidad de Koh Tao. La pereza de los primeros días dio paso a una historia de amor en toda regla con un país que se convirtió en una de las más bonitas sorpresas del viaje. Y ese punto de giro, ese cambio inesperado se produjo precisamente esperando un tren.

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Después de dejar atrás la espesa niebla del monte Kyaiktiyo para visitar su Golden Rock (roca dorada), estaba esperando el tren para viajar a mi siguiente destino: la ciudad de Bago. En el, vamos a llamarlo así, bar/restaurante de la estación, coincidí con un grupo de barcelonesas y otra pareja. Entre taza de té, broma y chascarrillo viajero yo me entretenía haciendo alguna foto que otra. Fue en ese momento cuando la vi y Cupido lanzó su flecha:

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La estación de tren de color amarillo crema con su balanza para pesar, una bicicleta apoyada en la pared, un hombre leyendo el periódico, un par de monjes esperando sentados, la bandera de Myanmar suavemente mecida en su asta. El final del pasillo encuadraba un lienzo verde de un tono increíble formado por palmeras y una vegetación salvaje que crecía hermosa gracias a la constante humedad.

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Y todo eso rodeado por una luz filtrada y difusa que acariciaba cualquier esquina, cualquier silueta, y lo convertía todo en lo que a mi se me antojaba en un decorado de una película de época. De repente, era estar como en la estación de tren de una serie histórica, o en la que el personaje de Virginia Woolf esperaba su tren para volver a Londres en el film Las Horas.

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Esa visión marcó sin duda un antes y un después. Pero la luz, los colores y la actividad que hay en torno a una estación de tren son solo una parte de la magia de un conjunto que parece retenido en el tiempo. Los vagones son otros de los protagonistas, con sus suelos y asientos de madera, su techo chirriante y sus pasajeros cargados con bolsas de comida bien preparados para los largos trayectos.

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Quien espere un asiento blandito y cómodo se llevará una gran decepción viajando en tren por Myanmar. Es verdad que los de primera clase son algo más cómodos y la dureza de la madera da paso a una mullida que en el mejor de los casos no se libra de algún que otro bichejo. Pero son tantas las sensaciones y estímulos viajando en tren que hacen que todo lo demás sea insignificante.

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En las estaciones de tren no hay máquinas ni ordenadores. Los billetes se rellenan a mano y se arrancan de unos tacos de papel como los que se utilizaban aquí hace años. Los relojes son analógicos y los muebles de madera. En algunas billeterías hay cortinas hechas a mano que otorgan al lugar un aire de hogar. Lo sé porque en las estaciones de tren de Myanmar las esperas se hacen menos pesadas y más amenas, donde uno tiene la sensación de estar en un sitio familiar en el que sabe que en cualquier momento alguien se le va a acercar para ofrecerle una sonrisa.

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Pero sin duda alguna uno de los elementos más curiosos de las estaciones de tren que vi eran unos carteles rojos que rezaban en inglés y en birmano: I will be always sure (‘siempre estaré seguro’). Nunca pregunté a nadie acerca del por qué de esa frase pero lo que me quedaba claro es que su función tendría.

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En los vagones la gente interacciona con los turistas. Es una fascinación mutua, de nosotros hacia ellos y de ellos hacia nosotros. A cualquier cosa que hacemos nos miran y viceversa. Los hombres se encienden sus cigarrillos o leen el periódico. Las mujeres cuchichean entre ellas y preparan la comida transportada en coloridas cestas. Todos se descalzan y adquieren posturas de Tetris para echar alguna que otra cabezadilla.

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Nunca me olvidaré de un grupo de tres mujeres que nos dieron de comer a unos amigos y a mi. Ante su insistencia, nos metieron una rebosante cuchara de arroz a la boca, nos invitaron a fruta y se lo pasaron en grande al posar para nuestra cámara. Nunca olvidaré el rostro serio del monje al que le incomodaban mis fotos (o eso pensaba…), para poco después convertirse en un amigo del vagón que también nos regaló fruta, nos pidió que le hiciéramos fotos y hasta nos concedió una bendición.

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Tampoco olvidaré a una mujer humilde pero elegante que leía el periódico en el trayecto de ida hacia Kyaiktiyo y a la que volví a ver al día siguiente en el trayecto de vuelta acompañada de su madre, una viejecilla sonriente con su peine puesto en el moño.

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En cada estación hay vendedores que se suben al tren vendiendo inventos de ‘última’ generación y tecnología. Las mujeres colocan las bandejas con el producto a vender sobre sus cabezas, apoyadas con una especie de almohadillita, mientras recorren los andenes de arriba abajo. El amarillo de las piñas reluce al sol y hace que el poco hambre que uno pueda sentir de paso a un capricho de pataleta de niño pequeño por comer trocitos de piña.

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Y luego están los paisajes. El verde de Myanmar es un verde hipnótico y es sin duda otro de los protagonistas por excelencia del país. Es un tono saturado, tan verde que en ocasiones parece amarillo lima y que dan ganas de arrancarlo a puñados, meterlo en una licuadora y bebérselo como un granizado. Es el despacho de los millones de personas que se dedican al cultivo y recogida del arroz en Myanmar, un trabajo duro que nada entiende de descansos ni de dolor de riñones.

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El contraste de color que ofrece la ropa de la gente con sus característicos lunguis, esa especie de sarong que usan tanto hombres como mujeres, es una de las imágenes que tengo grabadas de Myanmar. Viajando en tren esos colores se convierten en redondos puntos debido a que la mayoría del tiempo están agachados en el terreno.

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Ya que esta entrada va sobre la experiencia de tomar un tren en Myanmar es casi obligado hablar del trayecto que va desde Hsipaw hasta Pyin U Lwin, ya que entre estos dos puntos se encuentra uno de los que en su día fue el puente férreo más largo del mundo: el viaducto de Goteik. Lo construyeron los británicos en 1900 y todavía hoy sigue en funcionamiento. Debo decir que las 6 horas que conectan esos dos puntos bien merecen la pena con tal de cruzar el viaducto y poder experimentar las sensaciones que uno tiene. Es algo así como esto: el primer síntoma que uno recibe de que el tren se está aproximando a Gotiek es el de la disminución de la velocidad del mismo. En ese momento los locales empiezan a husmear por las ventanas, a alargar sus cuellos como si fuesen palomas que conocen lo que está a punto de ocurrir. Poco después el más espabilado levanta un dedo en la dirección hacia donde se encuentra la gran estructura de hierro que los británicos levantaron hace más de un siglo. En esos momentos el tren, de tan lento que va, parece caminar con el mismo sigilo de quien sabe que su paso debe ser lo más imperturbable posible para no causar alboroto.

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Y es entonces cuando se produce el acoplamiento del tren a esa vía gris y estrecha que más que estar apoyada parece flotar en el aire. Todos los pasajeros vamos asomados por las ventanillas con medio cuerpo fuera. Todos queremos ver el impresionante espectáculo que alfombra el paisaje, el riachuelo que cruza por debajo del puente, el canto de los pájaros, la frondosidad de unos árboles que aunque están muy juntos no nos salvarían de la leche que nos pegaríamos si la estructura cediese (porque seamos sinceros, todo el que pasa por el viaducto de Goteik tiene un pensamiento de ese estilo). A esas alturas el tren, de tan lento que va, da hasta un poco de miedo o cuanto menos respeto. Nadie se quiere perder el paisaje ni la sensación de ligereza atiborrada de los chirridos del tren a su paso por la vía. Todos vamos en silencio, casi sin movernos. Poco a poco vamos acercándonos al otro extremo del viaducto con la forma de un verde y espeso túnel formado por una densa y salvaje vegetación. Una vez que hemos cruzado volvemos a sentarnos en nuestras posiciones. Casi sin darnos cuenta, suspiramos aliviados.

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Viajando en tren uno se puede hacer una mejor idea sobre cómo vive la gente en Myanmar y de lo importante que es la religión budista en este país. Y es que cada pocos minutos se ven doradas estupas incluso en aquellos lugares donde no hay nada más alrededor. Las casas de la gente son muy humildes, construidas en su mayoría con bambú, y normalmente hay algún que otro animal holgazaneando no muy lejos de allí.

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Como ya dije antes, quien piense que viajar en tren por Myanmar es una experiencia cómoda y la manera más rápida de moverse de un lugar a otro, se equivoca con creces. Pero para todos aquellos que prefieren conocer un país sin prisas ni agobios y saboreando cada momento, la experiencia en el tren es algo que les recomiendo al 100%. Es sin duda alguna una de las mejores formas de conocer el día a día de un país tan desconocido como encantador.

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