Bago

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Bago me sorprendió muy gratamente. Tengo que reconocer que el panorama que vi cuando llegué no me entusiasmó demasiado: una calle principal ruidosa, polvorienta y llena de coches que no auguraba nada del otro mundo. La desgana y pereza iniciales por salir a la calle dio paso a varios paseos en los que me fui topando con gente local con la que a pesar de la diferencia del idioma nos pudimos comunicar, reír y hasta compartir opiniones. Mi paso por Bago está teñido de conversaciones acerca del Real Madrid y Florentino Pérez, de un paraguas arreglado por cortesía del dueño de una tea house, de un guardia de seguridad de la Pagoda que me acompañó hasta el hostal, de la sonrisa de una madre en el mercado al mostrarme a su retoño, de un barrio inundado pero perfectamente funcional, de la mejor señal de wifi de todo Myanmar y de la generosidad del dueño del hostal al verme llegar empapuchada de arriba abajo tras un paseo bajo la lluvia en moto.

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Muchos de los viajeros que visitan Bago lo hacen al reclamo de alguno de sus atractivos turísticos. Entre ellos figuran dos esculturas gigantes de Buda (no exagero, son enormes), la pagoda Shwemawdaw y un monasterio en el que se venera a una serpiente de más de 100 años y tres o cuatro pagodas más. Para ver todo eso lo más común es alquilar los servicios de un taxista que te haga el típico circuito de llegas, sacas la foto y te vas hasta que llega un momento en el que estás cansado de ver tanta pagoda.

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Yo hice la visita (en qué momento) en medio de una tromba de agua que vino a durar lo mismo que el recorrido, subida en una moto y con un chubasquero nada preparado para semejante diluvio. Aunque intenté que las circunstancias no me afectaran tratando de comportarme como cualquier asiático en medio de la lluvia, es decir, ignorándola, al cabo de una hora ya estaba cansada de patinar por las resbaladizas baldosas de las pagodas, de ver a la estatua número 5.680 de Buda y de subirme y bajarme de la moto fingiendo no estar soñando con la cama y el wifi de la guest house.

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Ya en otras condiciones de ropa y humedad pude saborear uno de los platos de comida más ricos que comí en Myanmar, hecho de noodles, garbanzos, una samosa esparcida en trocitos y alguna que otra salsa. Me gustaba ir a una pequeña calle donde cada tarde se montaban 4 o 5 puestos de comida donde la gente la compraba en su mayoría para llevar.

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En otra de las trombas de agua decidí resguardarme a tiempo y comer algo rápido antes de coger el bus nocturno que me llevaría hasta Kalaw. Así que me metí en la primera tea house que vi. Los primeros diez minutos de confusión en los que yo quería dos huevos sin mucho aceite y el hombre no me entendía dieron paso a una semi conversación con el dueño de la tea house y algunos otros hombres que estaban sentados como yo en las mini sillitas bebiendo su té y esperando a que escampase.

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Era el típico intercambio de admiración mutua en el que yo lo quería saber todo sobre ellos y ellos sobre mi. De dónde vienes, si tienes hermanos y hermanas, si has vivido aquí toda tu vida, si te está gustando Myanmar, si cómo vive la gente aquí o si estas tormentas son algo habitual. Son momentos en los que me gustaría poderles enseñar por un agujerito algo de mi país y cómo vivimos aquí, con qué nos vestimos, qué comemos, y así saciar un poco su curiosidad por saber y conocer.

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Para alguien al que le gusta tanto viajar como a mi se le hace difícil imaginar que haya gente que ni siquiera ha podido salir de su pueblo o región para ver qué hay más allá de ese pequeño universo. Sin embargo, a pesar de no haber salido nunca de allí, al dueño del bar le faltó tiempo para hablar del Real Madrid al saber de donde era yo.

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Nunca se me olvidará la pronunciación tan correcta del hombre al mencionar a ‘Florentino Pérez’, ni de cómo él mismo llamó a un joven al ver mi paraguas descuajeringado encima de la mesa. Al cabo de cinco minutos el chico volvió con el paraguas arreglado y en un gesto hecho con las manos el dueño del bar me dijo que había sido cortesía de la casa.

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Pero sin duda alguna mis lugares favoritos de Bago fueron su mercado y un barrio que debido a las trombas de agua y a la crecida del rio se había inundado, convirtiéndose así en una pequeña Venecia.

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El mercado es colorido y lleno de actividad. Hay puestos de thanaka, esos tronquitos de madera con los que las birmanas y los niños se maquillan y protegen del sol. También hay puestos de frutas y verduras, de pescado seco y más fresco, de yogur natural, y algunos bien típicos de este país: esos en los que montones de bolsitas con diferentes golosinas cuelgan de una cuerda. Allí me hinché a sacar fotos y me topé con varias mamás muy jóvenes que me mostraban con orgullo a sus churumbeles mientas me preguntaban mi edad.

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La pequeña Venecia fue toda una sorpresa. Entre gesto y gesto uno de los hombres que iba subido en la barca con su hijo se ofreció a darme un paseo. Al principio le entendí que iba a durar una hora y resultaron siendo veinte minutos (en Myanmar este tipo de malentendidos suceden continuamente, sobre todo porque se lían mucho con los números).

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La vuelta en barca resultó ser un encanto y muy divertida para todos aquellos que veían a una extranjera y su cámara darse un rodeo por esos lares. Las casas estaban completamente cubiertas por el agua que alcanzaba el metro de altura. Lo que me sorprendía es que a pesar de la precariedad de las mismas, la gente siguiese haciendo su vida como si nada. Unos lavaban la ropa, otros cocinaban en pequeñas hogueras. Los niños aprovechaban a jugar en el agua como si fuese una piscina gigante y las gallinas se concentraban en pequeños corrales improvisados.

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La gente se movía en barca de un lado a otro pero nunca sin perder la sonrisa. Ese fue el encanto de los birmanos que tanto me sorprendió: la calidez de sus miradas, su amabilidad, hospitalidad y ese orgullo tan chispeante al mostrar la belleza de un país tan hermoso.

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