Recorriendo Myanmar

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En esta entrada he pretendido juntar lo mejor de recorrer Myanmar a pie, o lo que es lo mismo, todo ese descubrimiento que supuso para mi el caminar sobre su tierra rojiza, o ese batido de barro denso y espero que formaban los barrizales por el camino y las orillas de los riachuelos que corrían desbordados montaña abajo.

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Durante mis días en Myanmar caminé. Mucho. Hice varios trekkings que supusieron unas de las experiencias más cansadas pero a la vez más interesantes de mi viaje. En parte por los paisajes y las caras de las personas con las que me iba topando. En parte por los compañeros de caminata que tuve, gente con alma y gran corazón, la misma que como yo veía en el rostro de una persona su historia de vida y la historia de un país, sus tradiciones y sus costumbres. El rostro de una persona revela mucho sobre el corazón que allí habita. Myanmar es una tierra de rostros.

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Caminar por los paisajes del interior de Myanmar es como darse de bruces con el siglo XVIII. Es un retroceso en el tiempo, una vuelta a la vida del campo, al golpe de la pala y al arco que dibuja la hoz al ser alzada. Es un gimnasio al aire libre donde en cada fibra, músculo y vena saliente te indican lo que supone una vida como la que ellos llevan, a la intemperie, sin horarios, sin turnos, donde solo volverán a casa cuando el sol haya regalado su última bocanada de luz cortando el horizonte.

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La gente vive por y para la tierra, por y para sus animales. Los establos están anexos a las casas y las vacas y las mulas parecen formar parte de los miembros de la familia. El bambú es el todo en la construcción. Con él se fabrican las casas, las tuberías, los andamios y hasta las puertas y ventanas. Y el color rojizo de una tierra saturada de hierro es el lienzo que cada día ve crecer a hortalizas y verduras mientas la gente se desloma en su esfuerzo por cultivar, alimentar y ver crecer a sus hijos.

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Fueron muchas las ocasiones en las que me parecía estar en el decorado de una película. Sus árboles perfectos, sus carros tirados por mulas, sus ruedas llenas de barro, el color de la ropa de la gente, sus sonrisas desgastadas por el tiempo, las arrugas propias del cansancio y de la felicidad, y la luz. Esa luz. Como si un equipo de fotografía se hubiera desplazado hasta allí el día anterior para preparar todo el tinglado y montar las luces y los focos, y todo el sistema de cables que contribuye a crear la luz perfecta.

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La luz que se filtraba en una estación de tren supuso el inicio de mi historia de amor con Myanmar. La luz sigue siendo el primer recuerdo que se me viene a la cabeza cada vez que rememoro mis días allí. Esa luz difusa, envolvente, llena de matices y quiebros, de textura y alma.

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Recorriendo Myanmar uno se topa con increíbles cascadas donde se puede bañar sin tener gente alrededor. Recuerdo una en concreto, en los alrededores de Hsipaw, que formaba una especie de cortina de cabello de ángel cayendo impasible por una roca lisa e impoluta.

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Recuerdo también la sensación de estar braceando a los pies de ese aluvión de agua, contemplando semejante paisaje: florecientes maizales, riachuelos, más cultivos y alguna que otra columna de humo proveniente de la quema de las malas hierbas.

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Pisar el suelo de Myanmar es toda una carga de energía e inspiración. Su paleta de colores no da tregua al aburrimiento, al monocromatismo o al bostezo. Sencillamente, es una explosión de color desde el suelo al techo. El verde de sus arrozales inundados por la lluvia es un verde saturado de aromas, de frescura y hasta de buena onda. Los azules de un cielo amenazante de lluvia le ponen a uno en alerta mientras que se pregunta cómo es posible que puedan confluir tantos colores en un mismo trocito. El blanco y el negro hacen de las suyas concibiendo algunos de los contrastes entre luces y sombras que vi en un mismo espacio.

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La sonrisa de la gente volvía a ser una constante en el camino, así como esa gastronomía a base de arroz y sopas, cocinada con las brasas de una hoguera en el mismo suelo de la cocina y condimentada con tanto esmero y amor.

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Se me quedan muchas fotografías por el camino, y también muchas impresiones. Recorrer Myanmar a pie no supone la misma experiencia ni el mismo paisaje de un punto a otro. Por eso se me hace difícil intentar abarcar ese lugar donde las palabras no llegan y los recuerdos lo inundan todo. Por eso me ha sido tan difícil elegir las fotos para esta entrada, demasiadas imágenes, demasiado bellas, demasiado todo. Espero que aún así te haya logrado trasmitir una impresión, aunque sea pequeña, de lo que supuso para mi caminar por los alrededores de Hsipaw y Kalaw, en el interior de Myanmar.

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2 Respuestas a “Recorriendo Myanmar

    • seguro que te encantaría Sara. Myanmar es especial y conocí a mucha gente que coincidía en lo mismo. Otro abrazo para ti 🙂

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