Santo Domingo

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Santo Domingo se ha convertido en mi nuevo hogar. Llegué aquí el 28 de enero y a día de hoy puedo decir que me conozco su Zona Colonial como la palma de mi mano.

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Aquí fue donde empezó todo, en la pequeña isla La Española que hoy acoge a dos países, República Dominicana y Haití. Fue el primer asentamiento europeo en el Nuevo Mundo, donde las tres carabelas de Cristóbal Colón avistaron tierra para cambiar el curso de la historia y fundar la ciudad de Santo Domingo.

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Hoy en día esa zona, la más antigua de la ciudad, respira conjugando los ecos de ese pasado conquistador con unos más actuales, y por supuesto con el desparpajo propio dominicano, ese que se proyecta en grupos de hombres jugando al ajedrez y al dominó cada tarde, ese que arranca atardeceres espectaculares en las fachadas de color crema de las casas, el de sus balcones y sus trinitarias (en España las llamamos buganvillas), la de sus mujeres con sus redecillas en el pelo para que no se les estropee el peinado del salón, y la de los vendedores callejeros de fruta, auténticos bodegones ambulantes en la parte trasera de los camiones.

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Sus parques más importantes, Colón y Duarte, acogen a una procesión de acalorados turistas que recorren en grupo los principales tesoros arquitectónicos del lugar. La Catedral Primada de América, llamada así por ser la primera en el Nuevo Mundo, el Alcázar de Colón, la casa de Juan Pablo Duarte (uno de los padres de la independencia dominicana), y las pintorescas calles de la zona colonial componen el recorrido por la historia de las venas abiertas de Latinoamérica, como diría Galeano.

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En el parque Colón, lo cual dicho sea de paso para mi siempre será una plaza, trabajan todo tipo de vendedores ambulantes. Se pueden comprar los últimos éxitos de Romeo Santos o Juan Luis Guerra, rosarios de colores, ámbar falso, maíz para alimentar a las cientos de palomas que revolotean por ahí, helados, sombreros y una lista infinita de otras cosas y todo eso sin la necesidad de moverte de sitio.

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También están mis preferidos, los que se acercan a ti como de buena onda, dándote algún consejo e información aparentemente gratuita para al cabo de un rato convertirse en tu guía oficial de la Zona sin ni siquiera ser consciente de haber solicitado ningún tour. Parte del tigueraje dominicano señores. Aquí, de picaresca, entienden bastante también.

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El parque Duarte es mi plaza favorita. Cada tarde, y sobre todo a partir del jueves, empieza a llenarse de vida con gente que acude hasta allí buscando algo de chercha (palique, diversión). Sus docenas de bancos dan cabida a todo tipo de charlas y casi con toda probabilidad uno se encuentra con gente conocida porque, a pesar de contar con varios millones de habitantes, la Zona Colonial de Santo Domingo y alrededores parecen un pueblito.

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Hay varios colmados que sacian la sed de cervecita y ron por la tarde y en especial por la noche, cuando el parque vibra con los grupos de gente que se reúne allí para beber y charlar antes de irse de bares. Y ese es precisamente uno de mis momentos favoritos de la semana, porque esa temperatura, ese banco y esa conversación me transportan a las noches de verano de España y a sus terracitas. Y es entonces cuando no me siento tan lejos de casa.

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Además creo que el parque Duarte es de los lugares más organizados que hay en todo el país, ya que hay una ley no escrita que dice que ‘de esta parte a esta otra, es la zona de gays’, ‘de aquí a allí es para los heteros’, y de ‘allá hasta el final es la de las lesbianas’. El súmmun de la eficacia.

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Una de las cosas que más me gustan de la Zona Colonial son sus calles con esas casitas bajas, al estilo español, con sus verjas para permitir las puertas abiertas y el paso de la corriente para el sofocante calor. Y sus patios, esos que en el pasado constituían el centro de importantes casas señoriales y que hoy en día se han convertido en bonitos patios de hoteles y restaurantes en su mayoría.

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Alrededor de la Zona se despliega el Santo Domingo más auténtico y desgarbado, y el que en muchos casos me recuerda a la España de antes, donde las oficinas tenían muebles de madera, donde en los negocios siguen teniendo papel y boli para apuntar las ventas del día, donde los mostradores lucen alguna que otra descolorida flor de plástico para que las tiendas luzcan más bonitas.

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Los suelos, con sus baldosines de motivos florales son un clásico, al igual que lo son los kilómetros de cables que penden de viejos postes en las calles y que dibujan formas de lo más variopinto. Los más ordenados parecen pentagramas musicales. Los más desacatados parecen verdaderos ovillos en el aire, donde no se sabe si van o vienen, como laberintos que juegan a violar cualquier principio de orden y lógica.

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Santo Domingo también es ruido. Después de India, este es el segundo país más ruidoso en el que he estado. Alarmas de coches (son mis ‘favoritas’), pitidos y bocinazos a diestro y siniestro, ladridos de perros, gente vociferando sobre tipo de venta de productos, hombres subidos en las guagüitas con medio cuerpo fuera anunciando la ruta a seguir e incluso el ruido de los motores de los coches y camiones al circular.

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Ante este panorama juro que saboreo los momentos de silencio como si fueran auténticos caramelos, oasis de tranquilidad en medio de una vorágine que algunos días parece no tener fin.

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En el próximo post me centraré en los otros protagonistas de la Zona Colonial de Santo Domingo: sus puertas, verjas y ventanas. Son tantas y tan bonitas que he decidido hacerles una entrada a parte. Espero que te haya gustado la que acabas de leer.

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4 Respuestas a “Santo Domingo

    • hola! la vida aquí es intensa, pues dominicana es un país de contrastes. Tiene una naturaleza increíble, exótica, y la gente es muy abierta. Un saludo!

  1. Pingback: Santo Domingo: puertas, ventanas y algunas rejas | Impresiones del mundo·

  2. Pingback: Lo que no se te puede escapar de República Dominicana | Impresiones del mundo·

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