Altea

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No muy lejos de los rascacielos y el abarrotamiento de Benidorm, descansa la pequeña localidad de Altea, un pueblito blanco de cúpulas azules situado en lo alto de un montículo, y rodeado por picudas montañas que envuelven este testigo de la historia del Mediterráneo.

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Altea es de esos sitios pintorescos donde uno se podría pasar las semanas enteras disfrutando de la playa, de largos paseos en bici y subiendo y bajando sus empedradas callejuelas, descubriendo rincones con encanto llenos de plantas de azahar y coloridas petunias.

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La Altea que yo visité durante una calurosa mañana estaba desértica. Con los pestillos de las casas cerrados y las calles aún vacías, la minúscula actividad de la zona se limitaba a unos cuantos camiones repartiendo la materia prima a los restaurantes de la plaza donde se encuentra su iglesia principal, Nuestra Señora del Consuelo.

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Desde un rincón de la plaza y desde su mirador se pueden apreciar unas excelentes vistas hacia el mar, luciendo colores perlados que juegan entre el blanco y el azul, mientras en lo alto algunas gaviotas sobrevuelan la blancura de su manto.

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Al atardecer, cuando el sol deja de calentar el empedrado del suelo bajando un poco la temperatura, los turistas y los locales salen a la calle para disfrutar del ambiente. Hay puestos de artesanía, cientos de terrazas donde poder descansar y reponer fuerzas, y varias heladerías que son todo un pulso a la fuerza de voluntad de todo aquel que pase por delante.

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También hay tiendas muy coquetas que hacen las delicias de todos aquellos a los que no les importa gastar un poquito más en diseños más atractivos y diferentes, con mercancía traída de Asia y otros rincones del mundo, y que aportan cierto aire ibicenco al lugar.

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Los rincones de Altea son un regalo para la vista. El hierro forjado de sus verjas, sus ventanas -muchas de ellas con elaborados motivos recortados en la madera- sus buganvillas desparramándose por las tejas y los cables de la luz, la blancura de sus fachadas e incluso sus gatos durmiendo en los alféizares de las ventanas, como si algún escaparatista los hubiera colocado allí adrede.

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El juego de marrones y blancos de las casas contrasta con la azulada sombra de la montaña que parapeta la zona de Altea, separándola de Calpe. Ya abajo, en el paseo marítimo, sus baldosas y carril bici va uniendo Alfaz del Pi al itinerario hasta casi llegar a los pies de la montaña desde donde descansa el faro, y que es posible visitar en un paseo de algo más de 2 kilómetros.

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Un barrio de Altea a tener en cuenta es Bellaguarda, situado en uno de los laterales del casco antiguo, y que precisamente por ello goza de una mayor tranquilidad en sus callejuelas. Allí, sus casitas, también blancas, lucen coloridas ventanas decoradas con macetas y algún que otro azulejo de la virgen. De hecho, caminando por sus calles, no podía dejar de pensar que precisamente esa estampa es una de las que tengo asociadas con el verano, cuando de pequeña iba con mi familia a veranear a pueblos de Andalucía o del Mediterráneo.

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A los azules, blancos y marrones se une el color verde característico de la multitud de huertos urbanos ecológicos que hay en Altea. Se cultivan todo tipo de hortalizas, y sus letreros anuncian orgullosos la existencia de estos espacios verdes repartidos por toda la ciudad.

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Ya por la noche y disfrutando de la brisa y de la buena compañía en un chiringuito a pie de playa, el mar refleja una luna perezosa que parece rozar los destellos plateados del agua. Se respira tranquilidad, se siente la sal en la piel y los sentidos se aflojan por el olor de unas bandejas cargadas con paellas y pescaíto frito. Al fondo, Altea se perfila desde lo alto como una ciudad del medievo lanzando los destellos amarillos de sus farolas y proyectándolos a la negrura de la noche mientras que la luna se decide a alzar el vuelo.

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